El lobo

El aire frío de la noche le golpeó en la cara cuando salió a la calle. Se abrochó su abrigo rojo hasta el cuello y cubrió su cabeza con el gorro. Con los libros fuertemente sujetos contra el pecho comenzó a andar mirando al suelo para que el viento no le impidiese ver por dónde iba.
Sólo un parque separaba el conservatorio de su casa pero era un lugar poco iluminado y siempre intentaba atravesarlo rápidamente. Cuando acababa de entrar, oyó unos pasos detrás de ella y aceleró el paso sin volverse. Respiró tranquila al dejar de oír que la seguían, pero al torcer una esquina, un hombre vestido con un abrigo marrón hasta los pies le cortó el paso.
— Buenas noches, pequeña. ¿Qué haces tan sola por el parque?
La niña tragó saliva. El aliento de aquel hombre olía a una mezcla de tabaco y cerveza rancia.
— Voy a mi casa y ya llego tarde. Mi madre tiene que estar preocupada. Vivo justo ahí.
Con mano temblorosa señaló uno de los bloques de pisos que se veían desde ese lugar del parque. No vivía allí, pero si ese hombre pensaba que sí, quizá la dejaría en paz.
— ¿Y qué son esos libros? ¿Estás estudiando?
El hombre le arrebató los libros de las manos y, tras echarles un vistazo, los arrojó a un lado del camino.
— Así que estudias piano, ¿eh? Seguro que tienes unas manos muy delicadas.
Le cogió ambas manos. Ella las retiró y le empujó, pero el hombre la sujetó por las solapas del abrigo rojo y de un solo tirón hizo saltar todos los botones. La levantó y la puso sobre su hombro. La niña comenzó a patalear y pegarle con el puño en la espalda con todas sus fuerzas, pero parecía que aquel hombre no lo sentía. La lanzó contra el suelo boca arriba y se puso encima sujetándole las manos fuertemente. Ella sólo podía sentir la humedad del césped en su espalda. El hombre liberó una de sus manos, pero la niña seguía sin poder moverse. Le agarró violentamente de uno de sus pechos, que casi no habían comenzado a nacer y le desabrochó los pantalones para meter la mano dentro de sus bragas.
Quiso cerrar las piernas y en un desesperado intento de escapar hundió los dientes en el cuello del hombre. Sintió alivio al notar cómo el hombre sacaba la mano de entre sus piernas pero enseguida la cogió por el cuello y acercó su boca a la de ella exhalando su pútrido aliento en la cara.
— Vas a quedarte quietecita si no quieres que vaya a buscarte a ti y a tu madre, puta.
Intentó poner la mente en blanco. No pensar en esos dedos mugrientos dentro de ella. Sintió cómo liberaba sus manos y las extendió en cruz sujetándose fuertemente al césped. No podía evitar pensar en la tierra húmeda que había debajo de ella, en las lombrices que la atravesaban, en las pequeñas arañas que tejían sus redes entre los árboles, en las moscas que quedaban atrapadas en ellas… Un dolor agudo atravesó su columna y apretó los dientes para no gritar. Sentía que su cuerpo se partía en dos con cada embestida, no podía alejarse de allí, dejar de pensar, dejar de sentir dolor. El hombre gritó, un sonido ronco y profundo, y tras un último embate, quedó tendido sobre el cuerpo de la muchacha.
Ella cerró los ojos y no los abrió cuando el hombre se levantó ni cuando escuchó sus pasos alejándose. Un líquido caliente recorrió sus muslos. Quedó tendida en el césped, esperando las lágrimas, esperando la rabia, pero se sentía vacía. Abrió los ojos y se incorporó. Vio cómo corría la sangre por sus piernas y caía en el forro de su abrigo. Rojo contra rojo. Y por fin, gritó.

Caperucita

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