Dos corazones en un mismo cuerpo

Cuando todavía no estaba ni de 10 semanas fui a mi primera visita con el obstetra (que todavía no tengo muy claro en qué se diferencia de la matrona, pero alguna diferencia tiene que haber, porque mi siguiente visita es con ella). Tengo la grandísima suerte de contar con una amiga que no sólo es madre, sino que además lleva 10 años trabajando en una revista sobre bebés y mujeres embarazadas, así que acudí a ella para preguntar qué podía esperar de esta visita. “Algo rutinario”, me dijo, “Te pesan, te toman la tensión, te hacen algunas preguntas… en algunos hospitales hacen una ecografía pero no te hagas ilusiones, que al estar tan cerca de la ecografía de las 12 semanas probablemente no te la hagan”.
Así que allí me fui, sin ilusiones pero con mi pareja, que quiere estar presente en todas las visitas con el médico, por muy rutinarias que sean. La sala de espera de un obstetra es muy curiosa, ves mujeres embarazadas en todos los estadios de la gestación, desde las primerizas emocionadas, como yo, hasta las madres con callo y con la barriga a punto de estallar. Una vez dentro, tal y como me había dicho mi amiga, me hicieron unas cuantas preguntas de rutina, me tomaron la tensión (que estaba perfecta), me pesaron (que había adelgazado pero por lo visto es normal), me dieron citas con todos los médicos del mundo y me dijeron cuando saldría de cuentas: el 4 de febrero.
Cuando ya pensaba que todo quedaba ahí, la obstetra se levantó y me hizo acompañarle hasta detrás de unas cortinas donde estaba el ecógrafo. Me pareció que ese era el momento adecuado para empezar a hacerme ilusiones. Lo único que eché en falta fue no tener a mi pareja al lado sujetándome la mano, porque no le dejaron pasar donde yo estaba, únicamente le abrieron la cortina para que pudiera ver la pantalla. En la era en la que vivimos estamos hartos de ver todo tipo de imágenes espectaculares, efectos especiales, 3D… ya no nos sorprendemos por nada. Es increíble cómo una imagen en blanco y negro que ni siquiera tiene una definición nítida puede generar tantas emociones. Miré la cara de mi hijo y por fin fui consciente de que ese pequeño de 28 milímetros estaba dentro de mí. Por fin fui consciente de que voy a ser madre. Ahogué un sollozo cuando un latido rápido y constante inundó la habitación. No sé por qué contuve las lágrimas, quizá por pudor. Cuando pude apartar la cortina y mirar a mi pareja, su cara era un reflejo de mis sentimientos y sus ojos vidriosos revelaban el mismo pudor repentino que me había atacado a mí.

No dijeron nada más, las pruebas tendrán que esperar al 31 de julio, fecha en la que tengo programada la ecografía de las 12 semanas, cuando podré volverle a ver. Esta vez pienso asegurarme de sujetar fuerte la mano de su padre y cuando vengan las lágrimas, las dejaré correr.

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