Lo que nunca quieres escuchar

Hace ya cuatro días que fui con mi pareja a hacerme la tan esperada ecografía de las 12 semanas. Aunque siempre tienes miedos (como mencioné en el anterior post) no puedes evitar pensar en el fondo que va a ser un día maravilloso, en el que vas a volver a ver a tu niño ya con más forma de persona y, con un poco (o un mucho) de suerte, hasta te dicen el sexo. Vale, ya sé que es altamente improbable pero la esperanza funciona así, no entiende de probabilidades. Y entonces llega el día, entráis en la consulta (una hora tarde, por cierto), tu pareja te coge de la mano, encienden el ecógrafo y…

Y aquí empiezan dos historias, una feliz y otra amarga. No me he permitido pensar demasiado en la historia feliz, y no porque me guste regodearme en la tristeza, sino porque pensar demasiado en ella hace patente una realidad que no sé si llegará a ser. Pero hoy voy a escribirla, por si alguna vez queremos recordarlo y la memoria nos falla, poder hacerlo.

Es difícil explicar la sensación que te recorre cuando en la pantalla comienza a formarse la imagen de tu hijo. Ya por fin comienza a tener un cuerpo reconocible, una cabeza de un tamaño (medianamente) normal, manitas, pies… y entonces es cuando ves que se mueve. Existe. Y mi niño, concretamente se movía muchísimo, yo creo que tenía hambre porque la madre tenía un montón. Allí, tumbada de lado sobre una camilla, sólo conseguí arrancar la mirada de la pantalla para mirar a mi pareja que me sonreía mientras sujetaba mi mano. Lloro poco de emoción, soy más de llorar de pena, pero una lágrima indiscreta cayó sobre la sábana sin preocuparme por limpiarla.

Y aquí comienza la historia amarga, la que ensombreció todo este recuerdo, la que ha hecho que tenga que hacer un esfuerzo para recordar lo que sentí al ver mover los bracitos de mi niño. Al principio es sólo un presentimiento cuando escuchas a las dos médicos decirse datos inconexos. Un presentimiento que intentas apartar como si fuera una mosca molesta achacándolo a tus propios miedos. Pero cuando ves que repiten la misma medición 3 veces, que cuando una pregunta la otra no contesta y que se juntan en el ordenador para hablar entre ellas mientras a ti te dicen que te abroches el pantalón y te vayas a la sala contigua, ya sólo eres un gran miedo que camina sin rumbo. No recuerdo con demasiado detalle lo que vino a continuación, un zumbido en mis oídos, una mano sujetando la mía con fuerza, la médico diciendo algo sobre riesgo alto de alteraciones cromosómicas y yo mordiéndome el labio con fuerza para aguantar las lágrimas sólo unos segundos más. Salir de esa consulta prácticamente corriendo, buscando el aire que se escapa entre los dientes y no llega a los pulmones y un abrazo, un abrazo que lo para todo y hace que por fin suelte todo el dolor que se ha instalado en la boca del estómago. Un abrazo de alguien que siente el mismo dolor pero que prefiere dejarlo en un segundo plano para atender el mío, para darme fuerzas, para hacerme saber que no estoy sola, que él camina a mi lado.

No voy a engañar a nadie, ese día fue horrible. Dejar correr las lágrimas a cada rato para intentar purgar todo lo que te corroe. No hay resquicio para la esperanza, para la lógica, para las probabilidades. Sólo para el dolor. Pero también para el agradecimiento. Para la felicidad. Porque cuando vienen los momentos amargos, es cuando más notas el cariño que te rodea, las palabras alentadoras de los amigos, la sonrisa de una madre, la generosidad y la preocupación de una pareja. Me permití dejarme llevar por el dolor un día, para resurgir con fuerza al siguiente. Eso no significa que no duela, ni que intente ocultarlo, pero hay que mirar hacia adelante y disfrutar de las otras cosas que rodean los sentimientos amargos, que no son pocas. Sigue existiendo la incertidumbre, hasta dentro de varias semanas no nos darán los resultados de las pruebas que certificarán si mi niño tiene problemas o no, pero hasta ese momento sólo se puede seguir caminando de la mano de quien te comprende porque siente lo mismo, aunque lo demuestre de manera distinta.

Podría hablar de las pruebas, de tecnicismos, de genetistas, análisis, amniocentesis y probabilidad. Si queréis lo hablamos. Pero he preferido hablar de sentimientos, esos grandes olvidados.

Mano

2 respuestas a “Lo que nunca quieres escuchar

  1. Me he quedado casi sin palabras leyendote. Has explicado tan bien los sentimientos que poco más se puede decir. Sólo desearte lo mejor, esperanza para que en la siguiente prueba salga todo bien y esto se quede en un pequeño susto. Las personas que te quieren siempre están ahí cuando hace falta. El abrazo de la pareja…ese que te reconforta y te hace pensar que todo va a ir bien, que pase lo que pase nunca estarás sola. Mucho ánimo y fuerza.

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