No lo volveré a hacer

Se despertó con los ojos hinchados y un dolor sordo en la cabeza. Si la movía a ambos lados parecía que su cerebro rebotaba contra el cráneo. Era un dolor muy parecido al de una resaca pero el día anterior casi no había bebido. En la cama no había nadie y por la temperatura de las sábanas hacía mucho que se había marchado.

Se sentó en la cama apoyada en la pared con una pierna flexionada y la cabeza sobre su rodilla. ¿Qué había ido mal la noche anterior? Ella estaba contenta porque por fin, después de tanto tiempo, había conseguido salir con sus amigas. Imaginaba que ahí estaba el germen de todos los problemas, pero no podía arrepentirse de eso. Echaba mucho de menos a sus amigas, salir con ellas despreocupadamente como cualquier chica de 28 años, emborracharse en un bar sin pensar en las consecuencias… pero todo eso cada vez se hacía más de cuando en cuando. Y no porque sus amigas no la llamasen.

Esa noche habían ido a un bar al que llevaban mucho tiempo deseando ir pero siempre estaba demasiado lleno. Llegaron pronto y ella se pidió una cerveza que bebía a pequeños sorbos para que le durase lo máximo posible. Sus amigas, como siempre, habían empezado con sendos whiskys. Conforme la noche se animaba apareció un grupo de chicos que era evidente que buscaban algo de ellas. Se mantuvo inaccesible, charló un poco con ellos pero les había dejado claro desde el primer momento que tenía pareja, no quería tener ni un solo comportamiento reprochable. Cuando uno de los chicos le estaba preguntando al oído a qué se dedicaba, sonó su teléfono. Era él. Salió corriendo sin molestarse en coger el abrigo y descolgó aún antes de salir del bar para que no se agotasen los tonos y pensase que no quería cogerle.

¿Qué haces? — le había preguntado sin darle tiempo a saludar.

Pues en el bar que te dije, con estas. Ahora me he salido a fumar un cigarrillo y así aprovecho para hablar contigo — Había contestado —. Fíjate si he salido con prisa para que el teléfono no se colgase que ni siquiera he cogido el abrigo.

¿Y qué llevas puesto? ¿Vas muy guapa?

No, voy normal. Una falda, botas y camiseta — Cruzó los dedos esperando que fuese la respuesta adecuada.

¿Y has salido a la calle así? ¿Sin una chaqueta ni nada?

Ya te he dicho que he salido con prisa, no lo he pensado — Pues no, no había habido suerte.

Claro, porque para qué vas a estar dentro del bar con una chaqueta.

Dentro del bar hace mucho calor, no puedo llevar la chaqueta.

Empezó a ponerse nerviosa, sobre todo cuando se le acercó un chico.

Perdona, ¿tienes fuego? — le había preguntado.

Sí, claro, un momento — Se colocó su pitillo en los labios, sujetó el teléfono con el hombro y con las dos manos, buscó en su enorme bolso hasta dar con el mechero.

Cuando se hubo encendido el cigarro, el chico le dio las gracias y se alejó.

¿Quién era ese? — Por su voz parecía tenso.

Pues quién iba a ser, uno que quería fuego, ¿no lo has oído? — El nerviosismo se había convertido en irritación.

¿Y por qué ha tenido que pedírtelo a ti?

Pues porque no había nadie más en la calle — Miró alrededor y vio otro grupo de chicos aparte del que le había pedido fuego, pero ninguno estaba fumando, así que decidió no darle más explicaciones.

Ah, ¿no hay nadie más? ¿Estáis solos en la calle el chico ese y tú? — preguntó con ironía.

Pues sí, mira tú que casualidad — Ya no iba a desdecirse, tampoco tenía importancia -. Oye, ¿has salido? ¿Quieres que vaya a buscarte?

Estoy por el centro, haz lo que quieras — Ese haz lo que quieras era un ‘como no vengas ya, vamos a discutir y si vienes ya, probablemente también’.

Vale, voy a despedirme de estas, me cojo un taxi y voy para allí — Le había contestado.

Bien. No te olvides de despedirte también de tu amiguito el del mechero — y colgó.

Suspiró exageradamente y entró al bar, donde se acercó a sus amigas que todavía estaban con el grupo de chicos.

Chicas, me voy, he quedado con este por el centro.

La cara de sus amigas decía claramente lo que opinaban al respecto pero no dijeron nada.

Venga, te acompañamos hasta afuera.

Salieron a la puerta y estuvieron charlando mientras ella se fumaba otro cigarro. Cuando lo terminó, se despidió de sus amigas con un abrazo y se fue a coger un taxi a la calle principal. Paró al primer taxi libre que vio pero, al ir a cerrar la puerta, alguien la bloqueó y entró en el coche dándole un susto de muerte.

Oiga, ¿quién es usted? — le había preguntado el taxista.

Es mi novio, no se preocupe — dijo ella cuando lo reconoció —. ¿Qué haces aquí, no estabas en el centro? Podríamos habernos quedado un rato con mis amigas si hubiera sabido que estabas ahí.

He venido a darte una sorpresa, ¿temes que haya visto algo que no pudiese ver? — le preguntó muy serio.

Imágenes de todo lo sucedido durante la noche fueron agolpándose en su cabeza sin orden ni concierto. Los chicos que se habían acercado a ellas, las pocas palabras que había cruzado con ellos pegados a su oído para hacerse oír por encima de la música, el que le había pedido fuego, el grupo que estaba fuera en ese momento aunque ella había dicho que no había nadie… No, no había nada que pudiese sentarle mal, había sido todo muy inocente. Cuando iba a contestar, él se le adelantó.

Sí, imagino que no querrás contarme cómo te sobaba el tío ese del bar, ¿no? — le dijo.

¿Qué tío? ¿De qué hablas? Además, ¿cuánto tiempo llevas ahí? ¿Me estabas espiando? — preguntó sin dar crédito a lo que oía.

Que rápido te desvías del tema. Yo sólo he ido a darte una sorpresa, como un imbécil, como siempre, y me he encontrado con el percal. Que no puedes tener un tío al lado sin querer follártelo mientras te bebes una copa detrás de otra.

Eh, que sólo me he bebido un par de cervezas y yo no he estado con nadie, me he limitado a contestar cuando me hablaban.

Claro, ¿y para eso teníais que acercaros tanto? ¿y para eso teníais que tocaros? — preguntó con la voz tensa como el alambre.

A mí no me ha tocado nadie, me hablaba cerca porque la música estaba muy alta y no nos oíamos.

Y luego para acabar de rematar la jugada, me mientes. “No, sólo estamos ese chico y yo en toda la calle”.

Cerró los ojos. En realidad, siempre había sabido que esa mentira le traería problemas, no comprendía por qué se empeñaba en no ser clara, era mucho más fácil decir la verdad.

Ninguno de esos chicos estaba fumando, por eso me pidió fuego a mí. Si estabas escondido viéndolo todo, también verías que el muchacho no se acercó a mí en ningún otro momento — dijo con voz cansada.

Además no te hagas la mártir, yo ya no sé lo que haces y lo que no. No sé por qué me empeño en confiar en ti, en dejar que salgas con tus amigas, que te vistas así, no sé por qué me empeño en darte ese voto de confianza cuando me lo pagas siempre traicionándome.

En ese momento el taxi paró y él salió del coche dando un portazo. En mitad de la puerta del sol le había gritado que se fuese a su casa, que no quería saber nada más de ella. Ella le había suplicado, había llorado y le había prometido que no volvería a pasar. En ese momento no recordaba qué es lo que no volvería a pasar. No le compensaba salir con sus amigas si lo que le esperaba era aquello. ¿O lo que no le compensaba era precisamente aquello? Al final se habían ido juntos a casa de él y, como no la dejó dormir en su cama, se había tumbado en la alfombra, a los pies, para que se diera cuenta de lo arrepentida que estaba. Se durmió llorando.

En ese momento, oyó cómo se cerraba la puerta de la casa y él entró despacio en la habitación. Ella le miró y notó cómo el labio inferior le temblaba y una lágrima caía por su mejilla. Quería hablar con él, quería pedirle disculpas, pero no sabía por qué. Él se acercó a su mesa y sacó un trozo de cuerda de uno de los cajones. Se acercó a ella y, subiendo sus manos sobre la cabeza, las ató a una argolla que tenía anclada en la pared. Sin mediar palabra, le quitó la poca ropa que llevaba. Ella no quería, pero así quizá él la perdonase. Quizá mañana fuese mejor.

Llorar en la cama

 

 

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