Lágrimas negras

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No reconoció a la persona que le devolvía la mirada desde el espejo. Siempre había tenido los ojos grandes pero ahora parecía que se le salían de las órbitas. Estaban enmarcados por unas oscuras ojeras y el pómulo izquierdo tenía una tonalidad rojiza que contrastaba con el color cetrino de su piel.

Nunca le había pegado en la cara. Las marcas quedaban bajo la ropa, bajo la piel y las entrañas, pero nunca en un lugar visible. Los trapos sucios se lavan en casa.

Se lavó la cara con agua helada. Le calmaba el dolor palpitante de la mejilla. Fue todo tan rápido que no se lo esperó. Llevaba más de una semana pensando en cómo decirle que sus amigas habían organizado una cena ese viernes. Ya era jueves y la presión casi no la dejaba respirar. No le quedaba tiempo así que lo dijo del tirón, atropelladamente. Al principio se había relajado, él la había sonreído y le preguntó como si tal cosa quienes iban a la cena. Supo que algo no iba bien cuando las preguntas comenzaron a llegar con una violencia inusitada. Dónde, cuándo, por qué, hasta qué hora, qué, cómo… sabía lo que venía a continuación. El “no me cuentas nunca nada” venía seguido del “cómo puedes ser tan embustera” y de “¿A quién te vas a tirar esa noche?”. Lo que no imaginaba era el desenlace. Ese puñetazo en la cara. Ella sentada en el suelo desmadejada como una muñeca rota y él mirándola serio, en un silencio helado.

Sacó el maquillaje del neceser e intentó tapar las marcas y el dolor. Tuvo éxito con lo primero. Estaba terminando de aplicarse el rímel cuando apareció él por detrás y le rodeó la cintura con los brazos. Ya llevaba puesto el uniforme y olía a aftershave. Ese olor le daba ganas de vomitar.

−Estás preciosa − dijo antes de darle un beso en la mejilla − ¿Quieres que te invite a cenar mañana por la noche?

Lo miró a los ojos a través del cristal. ¿De verdad no recordaba que había quedado ese viernes con sus amigas? Estaba tan cansada de todo…

−Claro, estaré aquí cuando vuelvas del trabajo − contestó a pesar de todo.

−Ponte guapa, voy a llevarte al restaurante que fuimos en nuestro aniversario, ¿te acuerdas?

−Sí, claro – contestó mientras se aplicaba más colorete en la mejilla.

Él sonrió, le dio la vuelta y la besó metiéndole la lengua en la boca. Sintió el músculo blando y baboso y reprimió una arcada.

Cuando se fue, se quitó el albornoz, se sentó en la cama desnuda y encendió un cigarrillo. Fumó mirando la ceniza que caía en la alfombra y no tuvo ganas de evitarlo. Cuando llegó al filtro lo apagó sobre la madera de la mesilla y cogió el móvil. Al tercer tono descolgaron.

−Nuri, necesito ayuda – Dijo mientras unas lágrimas negras acababan con el maquillaje y dejaban al descubierto las marcas del dolor.

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