Hace frío

El frío me azotó en la cara cuando salí del metro y me apresuré a cerrarme la cremallera de la chupa de cuero. El hombre del tiempo ya había avisado del cambio radical de temperatura, pero no le había creído y me había enfundado en mi cazadora en lugar de abrigarme con el plumas. Desde mi divorcio y mi posterior mudanza a Madrid, hacía ya cinco años, aprovechaba cualquier ocasión para sentirme poderosa y el verme guapa me ayudaba a mantener esa sensación. Sí, ya se que basar la confianza en uno mismo en el físico es una mierda, pero una chupa no le iba a hacer daño a nadie. Sólo a mi garganta.

Frente a la puerta de mi casa, sentada en la acera, había una chica llorando con la cabeza entre las manos. Sólo llevaba unos pantalones con un agujero en la rodilla y una camiseta de deporte, rota desde el cuello hasta prácticamente el ombligo, lo que dejaba al descubierto parte de su pecho izquierdo. No debía tener más de 17 años. Quería cubrirla con mis brazos o con mi exigua cazadora, pero temía asustarla más de lo que ya estaba, así que me acuclillé frente a ella a una distancia prudencial.

– Hola – dije, prácticamente en un susurro -. Imagino que ya te habrás dado cuenta, pero hace frío.

Levantó levemente la cabeza para mirarme a través de su flequillo desgreñado.

– Me da igual – me contestó con voz nasal mientras se sorbía los mocos.

– Y se te ve una teta.

Se cruzó de brazos y levantó la cabeza para mirarme con gesto rebelde.

– Ya está, ¿contenta?

Le sonreí intentando adoptar un gesto tranquilizador aunque no sé si me salió muy bien.

– En realidad no me molestaba, pero al menos ahora me miras a la cara.

Me senté a su lado en la acera.

– ¿Qué te pasa?

– Nada, estoy bien – me contestó mientras jugaba con una colilla de cigarro con la punta de su zapatilla.

– Yo cuando estoy bien también salgo a la calle en pleno invierno medio en pelotas y llorando como una loca. Cuando estoy mal mejor no te cuento lo que hago.

Sonrió levemente antes de contestar.

– No es nada. Al menos no es nada raro. He discutido con mi novio, nada más.

Me envaré. No lo pude evitar, este tipo de situaciones siempre me hacen ponerme alerta. La miré detenidamente y pude distinguir una rojez en el pómulo y, bajo la piel de gallina de su antebrazo derecho, comenzaba a formarse un hematoma.

– ¿Te ha pegado? Sé que no nos conocemos, no tienes por qué contarme nada, pero a veces es más fácil hablar con alguien a quien no conoces y que tampoco le conoce a él. Prueba.

Me miró a los ojos con una expresión extraña que no supe descifrar.

– Sí y no sé si me apetece.

– ¿Cómo?

– Que sí, me ha pegado, pero no sé si me apetece contártelo a ti.

Ver a una chica tan joven pasando por ese viacrucis que tan bien conocía me hacía perder la fe en el género humano. Si ni siquiera éramos capaces de educar en condiciones a las nuevas generaciones, el mundo se iba a la mierda.

– Vale, no hablemos si no quieres pero no te quedes aquí. Ven a casa hasta que te encuentres con fuerzas, puedo dejarte algo de ropa de mi hijo. A estas horas no estará en casa.

La chica tenía la mirada perdida en el edificio de enfrente pero fue volviendo la cabeza despacio hasta que clavó sus ojos en los míos.

– Sí, Magdalena. Tu hijo sí que está en casa.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s