Yo no fui

cárcel

Un año, tres meses y 21 días llevo aquí metida. Y juro que no he hecho nada. Nadie me cree, pero es que aquí la mitad desconfían de la otra mitad. Y todo empezó por esa maldita carta. Si no la hubiera leído o no hubiera hecho caso… Si me hubiese quedado en mi casa en lugar de ir a su encuentro…
Ya era diciembre y hacía un frío horrible. Había salido tarde del trabajo y estaba cansada, sólo pensaba en darme una ducha caliente, cenar algo y meterme en la cama. Pero abrí el buzón y ahí estaba, la maldita carta. No tenía remite y ponía mi nombre con una letra que no reconocí. La abrí y me puse a leerla en el portal:
“Tanto tiempo viéndote tras un cristal, y no soy capaz de abordarte en la calle. Te espero en el parque de al lado de tu casa”
No tendría que haber ido pero me pudo la curiosidad. Y el ego, que coño. Así que me fui al parque sin ni siquiera subir a casa. Cuando llegué ya había anochecido y sus escasas farolas daban una luz mortecina al lugar. No veía ni un alma pero cuando ya pensaba que me habían gastado una broma, le vi. Estaba sentado de espaldas a mí, en uno de los columpios que había en el centro del parque. Me acerqué despacio y cuando estaba ya muy cerca, él se levantó y se dio la vuelta encarándome. Tenía el pelo más largo que la última vez que le había visto e infinitamente más sucio. Estaba más delgado y sus ojeras eran tan oscuras que parecían hematomas.
-¿Qué haces aquí?
-No te preocupes, esto va a ser breve. Ya he aceptado que no vas a volver conmigo, no albergo ninguna esperanza, pero tenía que hacer una última cosa antes de desaparecer de tu vida-me dijo.
-¿Y qué tenías que hacer, si se puede saber?-le pregunté ya mosqueada.
Él metió su mano enguantada en el bolsillo y con la otra me cogió la mía. Antes de que pudiera preguntarle qué hacía, sacó un cuchillo del bolsillo, rodeó la empuñadura con mi mano y se apuñaló en el estómago una y otra vez, una y otra vez… El charco de sangre cada vez era más grande…
-Quita, puta-Me dice mi compañera de celda mientras da un golpe a las patas de mi silla.
-¿Por qué no me dejas en paz, coño?-Le contesto.
-¿O qué, me reventarás a tiros como hiciste con tu padre?
-¿A mi padre? Estás loca, vieja de mierda. Yo no he hecho eso.
Arquea una ceja y me mira por encima de sus gafas redondas.
-Ah, calla sí, vale, fue a mi padre. Pero yo no fui, fue él, que se reventó a tiros la cabeza. El charco de sangre cada vez era más grande…

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