Yo, mí, me, conmigo

Un-niño-de-espaldas

Cuando me encontré conmigo misma por la calle, casi fenezco de un infarto. Nunca he sufrido del corazón, pero por un momento dejé de notar el latido para, acto seguido, sentir el bombeo desde la punta del dedo gordo del pie hasta el cuero cabelludo. Puede que eso no fuera un infarto, pero yo me asusté. A juzgar por mi cara (no la mía, sino la de mi yo que estaba enfrente de mí), debía estar sintiendo lo mismo.

Pasados unos minutos, nos recuperamos del impacto y nos sentamos a tomar un café para contarnos nuestras vidas. Café con leche hirviendo con medio sobrecito de azúcar para las dos. No siempre te encuentras contigo misma y tienes tiempo para preguntar qué es de tu vida. El caso, es que nos dimos cuenta de que ella (o yo, pero mi yo que no era yo, sino la de enfrente) iba dos años por detrás de mí. Me explico. Yo ya tenía pareja estable, un trabajo y un hijo. Pero solo hacía dos años estaba en el paro, de fiesta en fiesta y de cama en cama. A mí la responsabilidad me vino de golpe. Bueno, el embarazo fue lo que me vino de golpe, el resto me vino por cojones. No es que estuviese mal, es que necesitaba un poco de aire. Y ella (o yo) se moría por probar un poco de la estabilidad que le estaba describiendo. Así que quedamos en intercambiarnos las vidas en semanas alternas, como una custodia compartida.

La primera semana que pasé en soledad fue un poco rara. Sentía una dualidad de emociones que me tenía al borde del llanto para pasar al alivio y la alegría en cuestión de minutos. Poco a poco me fui haciendo a eso de no tener más responsabilidades que yo misma y acabé disfrutándolo. La segunda y la tercera fueron mejor. Ya no echaba tanto de menos a mi familia, no porque no la quisiera, sino porque sabía que la semana siguiente los tendría conmigo y me lo tomaba como unas merecidas vacaciones. Pero a partir de la cuarta fui notando cosas raras. Mi pareja me hacía mención a la semana anterior como si hubiese sido el paraíso en contraposición a mi ‘yo’ de ese momento que era más apagado e irascible. En el trabajo era igual, parecía que las semanas en la que yo no era yo todo salía mejor que las que el yo real tomaba las riendas. Y mi hijo ni te cuento. Las semanas que pasaba con él eran un llanto constante y según me contaba mi pareja, cada vez más perplejo, la semana anterior “había estado de maravilla”.

Quedé conmigo misma en una cafetería del centro, no fuera a ser que nos viese alguien conocido y le creásemos una enfermedad mental sin necesidad. Me expliqué (a ella, no a mí) mis miedos a que ella fuese mejor que yo en mi propia vida y acordamos dejar las cosas como estaban antes de encontrarnos. Ella sabía que, si todo seguía como hasta ahora, en un par de años tendría un trabajo y una familia, así que no le dio más vueltas. Y así fue como volví a mi vida. Pero todo había cambiado. La relación con mi pareja se iba resquebrajando día tras día, mi hijo no me dirigía la palabra (aprendió a hablar una de las semanas en las que yo no era yo, pero a mi yo real no le decía ni mu) y en el trabajo me daban toques de atención mes sí y mes también.

Acudimos a terapia de pareja y llevamos a mi hijo a un psicólogo para ver por qué había decidido no hablarme pero nada mejoraba. En mi trabajo me mandaron a mi casa un mes suspendida de empleo y sueldo y yo ya estaba desesperada. Así que, cuando se cumplían exactamente dos años del encontronazo conmigo misma por la calle, la llamé. Volvimos a quedar en la misma cafetería del centro y me expuse la situación. En realidad no quería hacer lo que estaba a punto de hacer, pero no veía una solución mejor. Y así fue como, dos años después, se cumplió lo que pensábamos. Ella había alcanzado el punto en el que yo estaba: pareja, hijo y trabajo, aunque no de la manera en la que lo habíamos imaginado.

De vez en cuando, si llevan a mi hijo al parque, me escondo detrás de un árbol para verles. Mi pequeño la abraza, se ríe con ella y ya me (o le, no sé) habla. Mi pareja y ella se besan mientras empujan el columpio provocando las carcajadas del niño. Del trabajo no sé nada, pero seguro que ya es la jefa del cotarro. Les echo de menos, pero ellos a mí no, porque ya tienen una versión mejorada de mí que les hace más felices. Y así es mejor. Estoy por ir a pedirme trabajo, a ver si dejo de ir de fiesta en fiesta y de cama en cama…

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