La cabeza de caballo

Cabeza caballo

Lo primero que le llamó la atención cuando despertó, fue que la luz bañaba la habitación por completo. Tenía que ser muy entrado el día y él nunca dormía más allá de las 8 de la mañana. Lo siguiente en lo que pensó, fue en que no se oía un solo ruido en la casa. Ni la televisión, ni música, ni los pasitos cortos y rápidos de su hija de dos años. “Habrán salido a dar un paseo”, pensó, pero al retirar la sábana que cubría su cuerpo desnudo la vio. La cabeza sanguinolenta de un caballo negro descansaba en el lado donde solía dormir su esposa. Dio un salto sobre el colchón y cayó al suelo de espaldas, con los pies hacia arriba. Si la situación no hubiera sido tan preocupante hubiese resultado incluso cómica. Se incorporó y miró incrédulo la cabeza del equino que descansaba sobre sus sabanas de hilo recién compradas. Su mujer se hubiera vuelto loca.

Andó despacio como en una ensoñación hacia la habitación de su hija y al ver la cama completamente cubierta se temió lo peor. Levantó la sábana con dibujos de Peppa Pig para encontrarse sobre el colchón la cabeza de un pequeño pony de color blanco. Se llevó las manos a la cabeza y tirando con violencia de su pelo se derrumbó en el suelo con la espalda apoyada en el pequeño armario rosa de su hija. Las lágrimas no acudían a sus ojos a pesar de la desesperación que le oprimía el pecho dificultandole la respiración.

Intentó pensar qué podía haber hecho para que su familia pagase los platos rotos. Estaba claro que era una advertencia para él. No acertaba a dar con la razón, era un ciudadano modelo, pagaba sus impuestos, llevaba a su hija al parque siempre que podía y ayudaba a su vecina a subir las bolsas de la compra cuando se la encontraba en el portal. Sin embargo había algo… Algo a lo que nunca había dado excesiva importancia pero que ahora se colaba en su mente como un moscardón indeseable. Pero no podía ser, habían pasado 15 años de aquello. Tenía 20 años y ella 17. Que fuera menor de edad no suponía un problema, sólo había tres años de diferencia entre ellos. Estaban besándose en el establo donde sus padres guardaban los caballos, dos pura sangre que habían ganado mas de una carrera. “Ella quería”, es lo que se repetía una y otra vez cuando el recuerdo molesto volvía a su mente. “Ella quería”. “Pero luego se arrepintió”, decía siempre otra voz, a la que él callaba con una cerveza y un rato de ‘Veo, veo’ con su pequeña. Casi no forcejeó, se hizo la estrecha un rato, le dijo que no varias veces, pero luego se quedó laxa y se dejó hacer. Pensó que era un juego sexual para ponerle cachondo, la fantasía de la violación que muchos hombres tienen y continuó hasta el final. Cuando terminó y fue a besarla, ella apartó la cara, se puso las bragas y se largó. Esa fue la última vez que la vio. Puede que no estuviese tan de acuerdo, después de todo. Y puede que se lo estuviera haciendo pagar ahora, 15 años después, secuestrando a su familia. La que a lo mejor ella no pudo tener después del episodio del establo.

Se paseó por el pasillo una y otra vez todavía desnudo y descalzo hasta que se clavó una de las piezas de lego de su hija y cogiéndola entre los dedos, comenzó a llorar. Permaneció así una hora, quizá dos. El tiempo se estiraba y se encogía como un chicle sin que él se percatase de nada. Hasta que por fin, besó la pieza de lego, se limpió las lágrimas a manotazos y sorbiéndose los mocos, tomó una decisión. Si eso era lo que quería, eso le daría, iría a la comisaría a denunciarlo todo. Sacó unos calzoncillos del cajón de su mesilla y se los puso sentándose en la cama intentando no mirar la cabeza de caballo que todavía no había tenido ánimo de tocar. Le pesaba todo el cuerpo. De repente, el sonido del timbre de su casa rompió el silencio. Sin ponerse ni siquiera los pantalones, fue hacia la puerta. Abrió la boca exageradamente para intentar tomar una bocanada de aire que le llenase los pulmones porque sentía que no podía respirar. En el rellano, encontró a su mujer, en pijama, con su hija en brazos, y tras ellas, un hombre que se frotaba la nuca y miraba al suelo. Se abalanzó sobre ellas y las abrazó llorando, dejando besos repartidos entre el pelo de su mujer y el de su hija.

-Disculpe- dijo el hombre-. Le importaría si paso a recoger las cabecillas? Es que no sabe usted lo caros que están los caballos últimamente, te lo hacen pagar entero aunque solo quieras un trozo.

Le miró incrédulo por encima de la cabeza de su mujer mientras las apretaba contra su pecho.

-Las urbanizaciones como la suya son un infierno para los que nos dedicamos a esto, con tanto portal y tanto número, uno no sabe en qué casa tiene que entrar. Y ya voy tarde. Entro un momentito a coger las cabezas y ya les dejo que disfruten del sábado.

Seguían en el rellano abrazados y llorando mientras aquel hombre se marchaba con las dos cabezas debajo de los brazos, en dirección a la casa de algún vecino. Algún vecino que pasaría por lo mismo que había pasado él esa mañana. Algún vecino que también hubiese hecho algo.

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