Hacerse mayor y otros dolores

Dolor pies

Me he hecho mayor, ya es oficial. Mira que lo venía intuyendo, que eso de quedarme dormida en el sofá a las 23 de la noche y preferir quedarme en casa tomando algo con mis amigas antes que salir de fiesta no era demasiado propio de mí. Pero si esas señales no me habían hecho darme cuenta, la última juerga me lo confirmó. Que no es que me fuera a casa a las 12 como la Cenicienta, es que tenía yo más predisposición a quitarme las cuñas del infierno y meterme en la cama que a estar en la pista de baile garrafón en mano bailando a la Carrà. Con lo que me gusta a mí la Carrà.

Me lo pasé muy bien, eso es cierto. Dejé a la madre descansando en casa y saqué a la chica despreocupada a airearse un poco, como me dijo mi amiga Manme. Al menos al principio. Conforme la noche iba pasando, la madre de los cojones fue sacando la cabecita. Primero eran pequeños toques de atención: “Yo no digo nada, pero te duelen mucho los pies, mañana vas a tener muñones”. Como no le hice ni puto caso y seguí subida a mis zancos nuevos (antes coja que sencilla), atacó por otro lado: “No bebas más cerveza que mañana no vas a dar pie con bola. Además te duele la cabeza. Asume que eres vieja”. A esto sí que le hice caso más que nada porque lo de la cabeza era cierto (lo de vieja no, por supuesto). Lo de los babosos ya me remató. Suelo ser bastante gilipollas simpática con los tíos que se acercan por aquello de no joderles la autoestima, pero bastante tenía yo con lidiar con la mía como para levantársela a cuatro soplapollas. A uno le ladré, al otro le pregunté de malas maneras si le conocía de algo y a otro le mandé a tomar por culo, sin eufemismos. Que no es nada loable pero para alguien que se ha comido chapas durante horas hasta que venía una amiga borde a quitármelos de encima es un paso enorme. Un pequeño paso para la humanidad, un gran paso para la tontalaba de turno.

Para mi total vergüenza, he de decir que estuve un rato esperando a ver si alguno pinchaba antes que yo. Pero los hijos de puta parecía que se crecían con cada cerveza, así que tuve que hacer de tripas corazón, y asumir mi derrota. Y me fui a casa, a quitarme los zapatos, a desmaquillarme, a tomarme un ibuprofeno y a meterme en la cama. Desmaquillarse, otro signo de madurez. De toda la vida me he levantado yo a la mañana siguiente con cara de mapache y el rímmel pegado en la almohada.
Que esto no significa nada, asumir que una tiene más sueño que ganas de fiesta no significa que me vaya a quedar en casa haciendo calceta. Seguiré buscando las oportunidades para patearme los bares. Pero al menos ahora intentaré no sentirme culpable cuando tenga ganas de irme. (Nota mental: dejar de salir con pipiolas que las cabronas tienen carrete hasta la hora del churro).

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