Las hormonas, esas (putas) compañeras

Hormonas

Soy madre. Y también trabajo. Y leo. Y como. Y de vez en cuando me pica el pie. Vamos, que soy como todos. No os diré lo típico que tantas veces he oído de: “Es que nadie te cuenta la realidad de la maternidad, sólo hablan de lo bueno” blablablabla. Porque, sinceramente, creo que es mentira. Siempre se ha hablado de lo bueno y de lo malo pero si tú nunca te interesaste por sus palabras, es tu problema. O el mío, que en esas estoy. Nunca les di demasiada importancia, no por maldad, sino porque es difícil imaginarte algo tan intenso sin haberlo vivido en tu propia piel. El caso es que no seré yo quien os hable de las maravillas de la maternidad ni de los horrores de la misma, porque, últimamente, levantas una piedra y te salen 15 madres queriendo pontificar.

De lo que sí quiero hablar, porque considero que es un tema que no se toca lo suficiente, es de la revolución hormonal tras dar a luz. De la montaña rusa emocional en la que te subes desde el mismo momento en el que traes a tu hijo al mundo. Y no estoy hablando de sentir el amor mas grande que hayas sentido en tu vida; no hablo de darte cuenta de que podrías matar por esa persona; no digo todas esas frases hechas que tantas veces escucho y que me provocan hondas arcadas. No, hablo de unos sentimientos tan agarrados a las tripas que duelen. Ya sea el amor exacerbado, la tristeza infinita o la alegría inconcebible. Sentimientos que, por cierto, puedes experimentar seguidos sin solución de continuidad.

La primera vez que vi a mi hija, colgando de la ventosa que habían usado para sacarla, llena de un líquido blanco y viscoso, con los ojos abiertos de par en par y el cordón umbilical grisáceo todavía conectado a su cuerpo, lloré. No sabría decirte si lloré de alegría, imagino que sí. Estaba demasiado confundida con mis propios sentimientos como para ponerles nombre. Sólo sentí una necesidad irrefrenable de llorar, de llorar mucho, a mares, sin parar. Incluso la matrona, que debe estar acostumbrada a todo, vino a preguntarme si me encontraba bien. Y yo lo cierto es que no sabía cómo me encontraba, sólo sabía que tenía un pequeño ser pegado a mi pecho completamente desnudo moviendo sus manitas y abriendo y cerrando la boca. Un pequeño ser que había salido de mí. Que dependería de mí durante muchos años. Y yo no podía hacer otra cosa más que llorar y tocarla, tocarla y llorar. No sé cuanto tiempo estuve así, desapareció todo el mundo a mi alrededor, incluso mi pareja.

Tengo un recuerdo muy difuso de los dos días siguientes en el hospital. Es como si alguien hubiese encendido un aparato de humo de esos de las discotecas. Lo veo todo entre brumas. Estaba un poco confundida porque todavía no había sentido ese amor que arrasa todo a su paso. Miraba a mi hija como sorprendida de que estuviese ahí. Vivía, respiraba, comía… y todo eso porque la habíamos creado nosotros. Porque había crecido dentro de mí y yo la había sacado. A lo que todavía no me acostumbraba es al hecho de que si ella estaba ahí, significaba que yo era madre. Que soy madre. ¿Sabéis lo raro que se me hace decirlo, 15 meses después? Recuerdo las noches en el hospital con un poco de angustia. Pero no por no dormir, ni por miedo… sino por la ansiedad. Ansiedad sin motivo, simplemente falta de aire, sensación de tener la cabeza llena de algodón y ganas de escapar.

Los primeros días en casa fueron más de lo mismo. Sensación de estar atrapada, de que las paredes se estrechaban cada vez más hasta oprimirte el cuerpo… y obligación de sonreir. Nadie me apuntaba con el dedo para que lo hiciera y probablemente me hubieran entendido si no lo hubiese hecho. Pero no lo hice. Y supongo que si no lo hice fue porque se suponía que tenía que ser tan jodidamente feliz que la sonrisa debía nacerme sola. Yo sólo tenía ganas de llorar y me tiraba el día persiguiendo la puta sonrisa. Parece que tienes detrás al ‘Cobrador del Frac’ con un puto medidor de felicidad y, si no llegas al mínimo, es que eres una insensible. O al menos es como yo me sentía aunque, repito, nadie a mi alrededor me hacía sentir así.

Una mañana, no sé si el primero o el segundo en el que estabamos completamente solos en casa, me desperté con unas ganas horribles de llorar. Es una sensación extraña, me picaban los ojos por las lágrimas contenidas, tenía el pecho constantemente encogido, hasta respirar me dolía. Era una tristeza infinita. Y lo que lo hacía todo más desconcertante, es que no sabía por qué estaba triste. Si alguien me hubiese preguntado en aquel momento, no hubiese sabido contestar. Durante todo el día, nadie preguntó. Yo pensaba que lo había conseguido ocultar pero cuando mi pareja quiso acompañarme a fumar ya intuí que no había sido tan sigilosa como pensaba. Casi no habíamos salido al balcón cuando empecé a llorar. Pero un llanto de los trágicos, de los que alteran la respiración y van acompañados de sollozos, gritos y mocos. El fantasma de la depresión postparto me sobrevolaba una y otra vez y yo estaba entre avergonzada y acojonada. Avergonzada porque se supone que no debía sentirme así, tenía que ser la persona más feliz del mundo y ahí estaba, llorando como una loca. Acojonada porque las enfermedades mentales asustan mucho, no tienen una solución tan tangible como poner una venda o dar unos puntos. Afortunadamente, en mi caso ese fantasma no se materializó. Cuando me vacié de lágrimas me encontré mucho mejor. Fue curioso, como si sólo necesitase que alguien me viese llorar, me abrazara y me dijera que no pasaba nada, que sentirme así era normal. Hablar unos días después con una amiga con dos niños y que me asegurase que esos sentimientos eran completamente normales, también ayudó. NORMAL. Que palabra más infravalorada.

Esta es mi pequeña aportación a la causa. No pasa nada porque no sientas un amor irracional por tu criatura nada más verla. No pasa nada por no sonreír todo el rato. No pasa nada porque pienses que te sientes como el culo y que preferirías que se callara de una puta vez en lugar de mirar embelesada su cara deformada por el llanto. Si sientes ganas, llora. Llora mucho. Y nada de esconderte, que te vean. Explica cómo te sientes. Poner tus sentimientos en palabras, a veces, aleja a los fantasmas. Y tranquila, que poco a poco ese vaivén de sentimientos parará y tú podrás sentirte sólo feliz, cansada, triste o agobiada sin una lupa que magnifique todas esas emociones. Porque las hormonas existen, y son muy puñeteras.

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