Rabietas, o cuando tu dulce bebé se convierte en la niña del exorcista

Rabietas

Estoy feliz. Qué digo feliz, ¡estoy exultante!. Qué digo exultante, ¡estoy asqueada!. Sí, asqueada. ¿Y por qué? Pues porque mi hija, muy adelantada ella, ha decidido que los 17 meses es una edad más que adecuada para comenzar con las temidas RABIETAS. Yo, tonta de mí, que esperaba con miedo la llegada de los terribles 2 y mi niña, que es muy considerada, ha pensado que era mejor ahorrarme esos meses de sufrimiento previo para meterme de lleno en ello. Así, sin vaselina ni nada.

Recoges de la guardería un pequeño ser muy risueño que es todo abrazos y sonrisas y te lo llevas a casa feliz pensando que va a ser una tarde muy soporífera divertida. Al principio todo va bien, jugamos un poco, vemos los Cantajuegos o los Lunnis de leyenda (que me están haciendo aprender más que años de historia en el instituto), ponemos música… y de repente, sin venir a cuento, estalla. No habrá nada que puedas hacer por evitarlo, si quiere llorar y gritar como si la estuvieras matando, lo hará. El otro día fue porque no le dejé el móvil. Pero antes había sido porque no le dejé partir un vinilo. Y el día anterior porque no dejé que se lanzase de cabeza al suelo desde el sofá. Llamadme caprichosa, pero eso de ir a urgencias a que le cosan la cabeza, como que no me seduce. Y empieza a llorar. Y a gritar. Y a patalear. Porque sí, patalean como sale en la tele, que yo pensaba que era una dramatización un poco exagerada. ¡¡JA!! Y Sya hasta se retuerce como la niña del exorcista. Y se lanza encima de mí para que la coja pero cuando lo hago me empuja para que la suelte. Y me da la sensación de que quiere hacerse daño físicamente para tener un motivo por el que llorar. O eso ya son cosas mías, no lo sé.

Ayer se lo conté a una de las profes de la guardería. “¿Aquí os monta pataletas? Porque no veas en casa…”. Y su contestación fue: “¿Sí? Uy, pues aquí nada de nada, se porta genial, está todo el rato riéndose. Duerme mucho, la tenemos que despertar de la siesta y come genial”. Vamos, que debe ser que hasta la mierda le huele bien en la guardería y en casa nos da arcadas. Y añadió: “Pero tú ignórala, ¿eh? Que ella entiende todo lo que le dices. Le explicas por qué no puedes hacer lo que ella quiere y la ignoras”. Así que me fui a casa a ignorarla, a ver qué iba a hacer. Todo empezó muy bien, risas mil, bailes, juegos… hasta que le dije al pequeño Hitler que no podía dejarle el móvil y se puso como en la escena esa tan típica de ‘El Hundimiento’ que circula por redes. ¿No sabéis cuál es? Mirad mirad…

El caso es que yo le cojo la carita con las manos y le digo muy dulcemente: “Cariño, mamá no te puede dejar el móvil ahora, sabes que en otras ocasiones te lo dejo, pero ahora te he dicho que no. Si te tranquilizas seguimos jugando a lo que tú quieras”. Pero creo que con los decibelios que alcanzan sus gritos desesperados, no me ha oído. O no me ha entendido, que también puede ser. O se la suda, que me parece la respuesta más realista. Así que, como ya le he explicado mis razones por las que no puedo dejarle el móvil, me dispongo a ignorarla y miro muy atenta la pantalla donde se ve a Lucrecia cantando muy entusiasmada la canción de “María Pita, nunca te rindas, aunque te digan que jamás podrás ganar…”. Y mientras tanto, Sya se lanza al suelo, patalea, se levanta, se da contra el sofá, hunde la cara entre mis piernas y se da cabezazos contra ellas, vuelve al sofá y se sube, se intenta tirar de cabeza al suelo (ahí tengo que intervenir, llamadme blanda)… y después de 20 minutos, yo no la veo con ganas de rendirse. Así que en una de estas que viene a darme cabezazos, la abrazo y le acaricio la cabeza hasta que se calma.

Ella se calmó pero yo me quedé confusa. ¿Había hecho bien en abrazarla? ¿O tendría que haber seguido ignorándola? Joder, vale que las lágrimas sean de cocodrilo pero coño, hacer como si no existiese me parece hasta de mala educación. Vamos, que no me sale del mismísimo, que me da pena y es mi hija. Bueno, pena me da a veces, otras veces me dan ganas de venderla. Con unos centimicos me vale.

El caso es que así estamos, en una fase maravillosa que, según otra profe de la guardería, hay que pasar. Le ha faltado decirme: “Te jodes, haberte cerrao de piernas”. Ah, ¿que creías que te iba a dar la solución para lidiar con las rabietas? ¡¡JA!! ¡Si la descubro la patento y me forro!

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