La sesión

Verdugo

―Buenas tardes, Simón.
―Buenas tardes, señorita.
―Puede llamarme Azucena.
―Sí, señorita.
Azucena puso los ojos en blanco mirando hacia el suelo para que su paciente no la viera y continuó.
―¿Cuál es el motivo de su visita? ―dijo mientras se sentaba tras su mesa de caoba y le indicaba a Simón el diván donde podía recostarse.
―Mire usted, señorita, me encuentro muy mal, muy solo, todo el mundo me da la espalda, murmura sobre mí, mis vecinos me niegan el saludo… ¡Hasta mi mujer se comporta de manera diferente conmigo!
―De acuerdo, Simón, vayamos por partes ¿por qué cree usted que le sucede todo esto?―preguntó Azucena mientras miraba a su paciente por encima de las gafas.
―Seguro que ha oído usted hablar de lo que sucedió la semana pasada en la plaza del pueblo―se sonrojó ligeramente y comenzó a frotarse las manos.
―Prosiga, por favor.
Simón se levantó de un salto.
―¿No va usted a decirme nada al respecto?
―Yo no juzgo, sólo escucho.
Su contestación pareció tranquilizarle y se sentó en el borde del diván. Tras unos minutos mirándose los pies, continuó.
―Mire usted, señorita, el domingo de la semana pasada me encontraba trabajando en el Ayuntamiento. Hice lo de siempre, me aseguré de que tenía el hacha bien afilada, me puse mis guantes de cuero y me coloqué el capuchón en la cabeza. Cuando salí a la plaza todo eran gritos de júbilo, me adoraban. Cogí al reo y le coloqué la cabeza sobre el tocón. Hacía mucho calor, señorita, no se lo puede usted imaginar, y me levanté el capuchón para aliviarme un poco. Entonces, cuando sujeté el hacha con las dos manos para asestarle el golpe de gracia, todos me vieron la cara y se hizo el silencio en la plaza. Me bajé corriendo el capuchón, pero no sirvió de nada, ni siquiera me jalearon cuando rodó la cabeza ¡Parecía que el ladrón era yo! Desde ese día, señorita, todo el mundo me ignora. Cuando voy paseando con mi señora y saludo al frutero, me vuelve la cabeza. Voy a comprar el periódico y el quiosquero se queda con el cambio. Si me voy a tomar un vino a la taberna, el camarero se niega a atenderme. ¡No se qué hacer!
―Simón, tranquilícese. Si está usted aquí, es porque, quiere hacer algo para que esta situación mejore. No sólo viene a desahogarse, cree que usted tiene que hacer algo para solucionarlo ¿no?. Piense en ello para la semana que viene.

Siete días más tarde, Azucena estaba sentada en su escritorio leyendo los apuntes de la sesión anterior cuando alguien aporreó la puerta. Se levantó y acudió a abrir.
―¡Señorita, esto va de mal en peor, yo no puedo seguir así!―gritó Simón entrando violentamente en la habitación.
―Buenos días. Tranquilícese y cuénteme lo que le pasa. Siéntese en el diván, por favor.
―¡No puedo sentarme! ―vociferó.
―De acuerdo, quédese de pie ¿Qué ocurre? ―dijo Azucena en tono apaciguador mientras se sentaba a su mesa y cogía su cuaderno para tomar notas.
―Este domingo me tocaba trabajar. Cuando salí a la plaza, todos los que estaban allí empezaron a insultarme y a tirarme de todo: tomates, patatas… ¡de todo! ¡y todo podrido! No me lo podía creer, el prisionero había matado al cabrero y había violado a su cabra y a los del pueblo les daba igual, a quien odiaban era a mí. Intenté no escucharles, pero cuando estaba bajando el hacha uno me dio con un trozo de pan duro en el ojo y claro, me despisté. En vez de cortarle la cabeza, le clavé el hacha en la espalda No vea usted cómo gritaba, el pobre. No sé por qué, me di la vuelta y salí corriendo mientras me abucheaban y seguían tirándome todo lo que tenían a mano.
Simón paró para beber agua y Azucena aprovechó el momento para preguntar.
―¿Y cómo se siente usted con todo esto?
―Pues imagínese, señorita. Pero es que eso no es todo. Cuando llegué a casa me encontré con mis maletas en la puerta. Mi mujer me dijo que no podía soportarlo más, que nadie le hablaba. El carnicero le corta los peores trozos, el panadero le da el pan duro o a medio cocer y en la mercería le venden medias con carreras. Hasta mis hijos no me querían ni hablar, señorita. Mi mujer me contó que en el cole se burlan de ellos y que los profesores no les hacen ni caso. Señorita, estoy durmiendo en la calle porque el de la pensión no me dejó entrar―dijo cubriéndose la cara con las manos y sollozando.
Azucena se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa. Pellizcándose el puente de la nariz con los dedos índice y pulgar, comenzó a hablar.
―Simón, esto no es muy ortodoxo, nunca le digo a mis pacientes qué es lo que deben hacer, pero voy a hacer una excepción con usted. Lo siento mucho, pero tiene que dejar su trabajo pero no porque sus vecinos le hayan dado la espalda, sino porque usted mismo no se soporta. Si creyese que su trabajo es moralmente aceptable, asumiría las críticas con la cabeza bien alta y el resto hubiesen acabado por tolerarlo; pero usted se avergüenza de lo que hace y eso ha generado la situación en la que se encuentra ahora.
Simón pareció sorprenderse pero, al cabo de un minuto, comenzó a asentir.
―¡Tiene usted razón, señorita! Es lo que voy a hacer ahora mismo ¡Voy a dejar el trabajo y se lo voy a decir a todo el mundo! Se acabó ser el apestado del pueblo ¡Voy a recuperar mi vida!
Salió de la consulta como una exhalación dejándose la puerta abierta y Azucena fue a cerrarla suspirando.

A la semana siguiente, Simón acudió a su cita con Azucena con una sonrisa de oreja a oreja. Dejó un maletín en el suelo, la abrazó con lágrimas en los ojos y cogió sus manos.
―Gracias, Azucena, gracias. Has salvado mi vida, mi matrimonio ¡todo! Tenías razón, no podía seguir trabajando ahí. Matar a personas como si fuera un espectáculo enfrente de todo el pueblo… ¡es horrible! No sé cómo he podido hacer algo así. Ahora todo el mundo me habla, hasta mi mujer vino a buscarme llorando. Y todo te lo debo a ti, Azucena, muchísimas gracias.
Azucena sonreía aliviada.
―Me alegro muchísimo por usted. Seguro que ahora no tarda nada en encontrar otro empleo y ya todo será perfecto.
―Pero si ya lo he encontrado―sonrió Simón, satisfecho de sí mismo.
―¿Sí? ¿Tan rápido? ¿Y en qué trabaja ahora?―preguntó Azucena.
―Soy liquidador por encargo―explicó Simón cruzando las piernas.
―Disculpe, pero creo que no se qué es eso.
―Es un negocio propio ¡Quién me lo iba a decir a mí, que a estas alturas me iba a hacer empresario! He montado la oficina en mi casa, hay que empezar poco a poco. Sabes que nuestro sistema legal tiene unos agujeros enormes y mucha gente queda sin castigo aunque lo merezca. Imagínate el desconsuelo de esa pobre gente cuando ve que el asesino de su padre o quien le ha robado todos sus ahorros se va a su casa tan campante. Yo simplemente me dedico a liquidar ese problema por una módica cantidad, ¿no es la solución ideal?
Azucena le miró boquiabierta y fue andando hacia atrás alejándose de él hasta que topó con su mesa.
―Por cierto, señorita, esto no es sólo una visita de cortesía―dijo Simón con una media sonrisa mientras sacaba su hacha del maletín.

One response to “La sesión

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s