El síndrome de la hoja en blanco

Hoja en blanco

El camisón se le pegaba a la espalda mientras mantenía los dedos sobre el teclado del ordenador que descansaba encima de sus piernas cruzadas. Llevaba más de dos horas sentada en el sofá y todo lo que había escrito hasta el momento le parecía recién salido de la mente de un adolescente pajillero. Se secó el sudor de la frente y, de un manotazo, cerró la tapa del ordenador violentamente.
―¡Joder! ―exclamó dejando el ordenador en la mesa baja del salón.
―¿Todo bien, Alba? ―se escuchó la voz de Adrián desde la cocina.
―Nada grave, sólo quiero tragarme el ordenador, a ver si así vomito algo coherente―contestó levantándose del sofá y despegando de su cuerpo el camisón de satén negro que se había puesto al llegar a casa. Su intención no era estar sexy, sólo seguir respirando hasta que llegase la noche y cruzar los dedos para que la falta de sol trajera consigo un poco de brisa. Se sentó en una silla alta junto a la ventana y encendió un cigarrillo dejando que el humo saliera al exterior.
Adrián entró en el salón vestido sólo con unos bóxer negros ajustados y bebiendo de una botella empañada. Unas gotas escaparon de sus labios y fueron a parar a su pecho surcado por una fina línea de vello que se internaba bajo la ropa interior. Alba se mordió el labio inferior mientras miraba cómo la gota de agua bajaba por su vientre plano hasta consumirse en la goma de los calzoncillos. Al levantar la vista, él la miraba con una sonrisa burlona bailando sobre la comisura de sus labios.
―Hace calor, ¿verdad? ―le preguntó acercándose. Dejó la botella sobre la mesa, se colocó entre sus piernas y le cogió el cigarrillo directamente de su boca para darle una honda calada. Su otra mano fue a parar a la rodilla de ella, donde comenzó a trazar suaves círculos con la yema de sus dedos. El calor que comenzó a subir por su espina dorsal nada tenía que ver con la temperatura exterior, que parecía haber subido varios grados desde que él había entrado en el salón.
―Vivimos en el séptimo círculo del infierno de Dante. Si salimos a la calle y nos encontramos a los vecinos entregados al vicio de la carne, no me extrañará lo más mínimo―contestó Alba recuperando su cigarrillo.
―En ese caso no me parecería un mal lugar donde pasar la eternidad―dijo él acariciando su costado hasta llegar a la cintura por debajo del camisón―. ¿Qué es lo que te tenía tan cabreada?
Adrián seguía recorriendo el costado de Alba con la mano abierta mientras posaba el pulgar sobre su vientre, acercándose al ombligo. A pesar del calor que hacía, las caricias de Adrián le estaban poniendo la piel de gallina y endureciendo sus pezones de tal modo que se marcaban en la liviana tela del camisón.
―Estoy intentando escribir un relato erótico para un concurso, pero o me queda muy mojigato o muy pornográfico. Mantenerte en la línea que separa una cosa de la otra es tremendamente difícil.
Adrián le sonrió y continuó con sus caricias como si lo hiciera inconscientemente.
―El sexo es algo natural, si puedes escribir sobre otras cosas, ¿por qué no de sexo?
―Porque me da la sensación de que el vocabulario se queda escaso para describir una relación sexual. Tenemos muchos sinónimos para hablar de la polla o del coño, pero todo me parece que queda mal. Como una película X de bajo presupuesto.
―El castellano es un idioma muy amplio. Para follar tenemos varios sinónimos: joder, copular, yacer, amancebarse…
―Sí, claro―contestó ella entre risas―. Ya lo estoy viendo: “Morena, vamos a amancebarnos en el sofá”. Para eso, prefiero decir follar pero me suena sucio, a lo mejor es una tontería pero no me parece que quede bien.
―¿Y eso no puede ser producto de nuestros tabúes?
―Puede, pero si yo los tengo al escribirlo, también los tendrán otros al leerlo, ¿no? ―Apagó el cigarrillo en el cenicero que había sobre la mesa―. Si sigues tocándome así no voy a ser capaz de responderte algo con sentido, aviso.
Adrián la ignoró y continuó preguntando.
―¿Por qué no escribes sobre lo que conoces? ―preguntó él.
―¿De nosotros?
―De nosotros o de tus otras experiencias, que ya imagino que no te conocí virgen―contestó sonriendo―. A veces, los relatos eróticos pecan de falta de naturalidad. La mayoría no somos ni modelos ni contorsionistas.
―Pero nadie quiere leer un polvo del montón, Adrián. Algo tendrá que pasar que lo haga digno de ser escrito.
―¿Y quién te ha dicho a ti que un polvo normal no puede ser digno de ser escrito?
Bajó las manos hacia sus nalgas y la levantó a pulso para llevarla hasta el sofá, donde se sentó con ella a horcajadas sobre él. Cogió el borde del camisón y lo arrugó en sus manos para sacarlo por su cabeza. Los pechos de ella quedaban a la altura de su boca y succionó con avidez uno de los pezones mientras amasaba el otro con la mano.
―Tu cuerpo es perfecto, y no porque tengas las tetas más firmes, el estómago más plano o el culo más respingón. Es perfecto precisamente porque no tienes todo eso y a mí me excita así. Me excitas con un camisón o con una camiseta vieja, peinada o recién levantada. ¿Lo notas? ― susurró cogiendo la mano de ella y poniéndola sobre su paquete, que se marcaba en los bóxer apretados.
―Yo tampoco tengo los músculos marcados, pero no veo que eso le importe demasiado a tu cuerpo ―dijo metiendo la mano en sus bragas y empapándose de la humedad de ella ―. Escribe esto, las sensaciones, la piel de gallina, la saliva, el sudor, el orgasmo, el semen y tus fluidos. Joder, a todos nos gusta follar, solo tienes que recordárnoslo con un polvazo normal, pero de la hostia.
Alba le ayudó a deshacerse de los calzoncillos mientras él dejaba resbalar dos dedos dentro de ella y los arqueaba moviendo la mano rápidamente en círculos, lo que arrancó un alarido de su boca. Siguió moviendo la mano con un ritmo delirante, todo lo que le permitía esa postura, mientras ella echaba la cabeza hacia atrás con los ojos en blanco y los labios entreabiertos de donde se escapaban gemidos lastimeros que iban subiendo en intensidad.
Sólo le hizo falta que él acercase el dedo corazón a su clítoris para estallar en un orgasmo que le recorrió entera, desde la piel a las entrañas, de la punta del pie, al cuero cabelludo. Un grito rasgó el silencio mientras Adrián sacaba presuroso la mano de su interior y un chorro de fluidos manchaba su estómago y su sexo, que acarició para repartir el líquido por su polla dura y los testículos.
―No me jodas que no puedes escribir sobre esto, Alba―metió una mano entre los mechones de su pelo para acercar su boca a la de él y la lamió dos veces antes de morder su labio superior―. Venga, cariño, dirige tú. Haz conmigo lo que quieras para que luego puedas escribirlo.
Alba se levantó de encima de las piernas de Adrián y se tumbó en el suelo con un cojín en la nuca. Le llamó con un gesto de la mano y le instó a arrodillarse, con una pierna a cada lado de su cuerpo, a la altura de sus hombros. De este modo, la polla quedaba frente a su boca y clavándole las uñas en las nalgas, la engulló introduciéndola hasta la garganta. Le provocó una arcada que hizo que se le llenara la boca se saliva, pero continuó lamiendo desde la punta hasta la base con cuidado de ladear un poco la cabeza. Los gemidos de Adrián fueron creciendo en intensidad mientras Alba continuaba absorbiendo y tragando. Cuando la respiración de Adrián se había convertido en un gruñido animal, Alba paró dándole un último lametón en el glande.
―No quiero que te corras en mi boca―dijo mirándole a los ojos.
Se incorporó sobre un brazo y le besó. La lengua de Alba sabía a sexo y se enredaron en un baile de saliva y ganas que les encendió todavía más. Ella acabó con el beso poniendo una mano sobre el pecho sudoroso de él y ejerciendo fuerza para que se tumbara boca arriba. Se sentó sobre él introduciéndose su erección despacio, dejando que resbalara entre sus pliegues sin resistencia. Un gemido se escapó de sus labios cuando sus cuerpos colisionaron y comenzó a subir y bajar sin prisa llegando casi hasta sacarla de su interior para volver a introducirla un segundo después. Este ritmo decadente parecía mantener el placer de ambos en un estado constante, sin llegar a apagarse, pero tampoco subiendo de intensidad. Pero ella quería más, lo necesitaba. El primer orgasmo había dejado su sexo muy sensible y notaba cada penetración como una descarga eléctrica que recorría su espina dorsal poniendo toda su piel de gallina. Comenzó a aumentar el ritmo y la intensidad de las embestidas, cabalgando sobre él, que se dejaba hacer desde abajo mirándola con la boca abierta, intentando absorber hasta la última gota de placer del ambiente, almacenándolo en su vientre para que explotase más adelante, cuando ella ya se sintiese ahíta de él.
A Alba los músculos de las piernas le quemaban por el esfuerzo, así que se incorporó y se sentó frente a él en el suelo con las piernas abiertas. Acercó la mano a su sexo y comenzó a trazar círculos sobre su clítoris hinchado. Adrián se colocó de rodillas frente a ella y agarró su verga con la mano moviendo la piel que normalmente le cubría el glande arriba y abajo. Un alarido se escapó de sus dientes apretados y acercó la mano que tenía libre al sexo de Alba donde introdujo uno y después dos dedos mientras ella seguía tocándose. En respuesta, Alba apoyó los codos en el suelo y abrió más las piernas en una clara invitación a devorarla entera y el apetito de Adrián tomó el control. Hundió la cara entre sus pliegues y sacando la lengua lamió desde su entrada hasta el clítoris, donde se entretuvo succionando entre sus labios y moviendo la lengua con movimientos rápidos y sicalípticos. Alba arqueó su cuerpo y echó la cabeza hacia atrás dejando escapar un suspiro de entre sus labios entreabiertos que se convirtió en un gemido desesperado cuando Adrián la penetró con tres dedos mientras seguía paseando la lengua por su clítoris. El cuerpo de Alba se tensó cuando él introdujo un dedo más con una mezcla entre dolor y placer que le hizo aullar pidiendo más y más rápido. Tres penetraciones más y Alba se derrumbó en el suelo en un orgasmo demoledor que le recorrió todo el cuerpo. Su respiración se hizo más agitada y pensó que no podría continuar, pero algo en los ojos de Adrián, que la miraban hambriento con los labios y la barbilla brillantes de humedad, hizo que su deseo volviera a prender como una cerilla.
Alba se levantó y tendió la mano a Adrián para que hiciese lo mismo, y así, de la mano, fueron hacia la cocina donde se reclinó sobre la barra de desayuno apartando de un manotazo una fuente de plástico con fresas. Cayó al suelo desperdigando su contenido por toda la cocina, pero a ninguno de los dos pareció importarle lo más mínimo.
Adrián sujetó fuerte a Alba por la cadera con una mano mientras con la otra preparaba la penetración. Su polla dura y húmeda resbaló sin dificultad en el interior de ella, que gritó cuando llegó hasta el fondo. Adrián necesitaba descargar todo el placer acumulado en su vientre e impuso un ritmo duro y frenético que catapultaba a Alba hasta lo más alto. Tras diez o veinte penetraciones secas, Alba interpuso una mano entre sus cuerpos para que saliese de ella y se puso a cuatro patas sobre el frío suelo de la cocina. Adrián no se hizo esperar y la abordó desde atrás clavándole su erección hasta lo más hondo, lo que provocó un grito de placer por parte de ella. Mientras Adrián continuaba con sus embestidas, Alba metió una mano entre sus piernas y comenzó a acariciarse primero despacio para acabar cogiendo ritmo. Estaba tan mojada que sus dedos resbalaban hacia su interior y se colaban en el escaso hueco que dejaba la polla de su compañero. El placer se intensificó y continuó tocándose e introduciendo sus dedos en su entrada hasta que algo parecido a un latigazo la azotó desde la vagina hasta la columna y gritando sonidos ininteligibles, volvió a correrse sosteniéndose en su cada vez más tembloroso brazo.
Cuando pudo volver a su propio ser, fue consciente de la respiración entrecortada de Adrián, de sus embestidas duras y sus gruñidos cada vez que le clavaba su erección hasta el fondo de su interior. Alargó la mano que todavía tenía en su propio sexo y abarcó con la palma los testículos, que empezó a acariciar y amasar levemente. Estas atenciones dieron el pistoletazo de salida al orgasmo de Adrián, quien, en medio de gritos, blasfemias y palabras malsonantes, se vació en el interior de Alba en cinco embestidas más.
―Dios―suspiró Adrián cuando los espasmos comenzaron a remitir.
Apoyó su pecho en la espalda de Alba y ésta empezó a resbalar hacia el suelo, donde quedaron tendidos, el uno sobre el otro, durante unos minutos. Lo único que llenaba el silencio eran sus respiraciones cada vez más calmadas, más acompasadas.
―Crees que es lo suficientemente especial como para ser digno de ser escrito? ―Preguntó Adrián mientras mordía la nuca y el hombro de Alba.
Ella sonrió con la mejilla apoyada en las frías baldosas y cogió una fresa del suelo. Le dio un mordisco y se la pasó a él, que hizo lo mismo.
―No, no creo que sea especial―Dijo ella abriendo los ojos y volviendo la cabeza para intentar mirarle―. Precisamente por eso tengo que escribirlo.
Adrián salió de ella manchando sus nalgas y la ayudó a levantarse. Ya de pie, Alba se colgó de su cuello y entrelazando las manos tras su nuca le besó uniendo sus lenguas que ahora sabían a fresa y sexo; saliva y sudor.
El semen de Adrián todavía recorría los muslos de Alba creando una mancha oscura en la funda del sofá mientras ella, desnuda, escribía frenéticamente.

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