La humedad

Humedad

El otro día, cuando llegué a casa del trabajo, vi que en el techo comenzaba a formarse una mancha de humedad. Mi vecino de arriba es bastante mayor, así que subí por si le había pasado algo. Ya sabéis, resbalarse en la ducha, que te dé algo mientras te haces el lavado checo y dejes el grifo del bidé abierto… El caso es que el hombre estaba perfectamente y en su casa no había habido ninguna fuga, por lo que supuse que sería cosa de una tubería. Como era viernes y bastante tarde, decidí que llamaría al seguro el lunes, así que me metí en la cama y me dormí casi al instante.

Me preparé un café nada más despertarme. Me senté en el sofá con el libro que estaba leyendo y cuando apenas llevaba una página, comencé a mirar la mancha de humedad. Era más grande que el día anterior y empezaba a adquirir una forma definida. Se distinguían claramente los ojos, la nariz y la boca. Me sentí como una niña que mira a las nubes hasta que consigue adivinar la silueta de un coche, un elefante o un perro.

Salí de la ducha desnuda para empezar a vestirme y noté cómo los ojos de la humedad me seguían. Parecía que me miraban con disgusto. Me detuve en mitad del salón para observarla con más detenimiento. Me resultaba extrañamente familiar. Parecía que los ojos estaban rodeados de un sinfín de arrugas, la nariz era pequeña pero ancha y la boca, ahora torcida en una mueca de desagrado, tenía unos labios finos. Era clavadita a mi abuela. Me reí entre dientes por mi ocurrencia pero, por si acaso, me vestí ocultándome tras la puerta del armario. Eso de vivir sola me estaba convirtiendo en una persona muy extraña, así que salí a dar una vuelta para que me diera el aire.

Llamé a una amiga y acabamos yéndonos de compras durante todo el día. Volví justo a la hora de cenar y cuando encendí la luz me pareció que esa mancha con la forma de mi abuela abría los ojos. Me miraba enfadada, parecía que no le había hecho mucha gracia quedarse sola todo el día. Murmuré un “lo siento” mientras me dirigía a la cocina a prepararme algo pensando que se me estaba yendo la cabeza. Me puse el pijama en el baño, para que mi abuela no volviera a verme desnuda, y me senté en el sofá para cenar.

Cuando terminé, llamé un amigo y le invité a comer en mi casa al día siguiente. Así estaría acompañada el domingo y no me pondría a hablar con el techo otra vez. Cuando colgué, mi abuela me miraba enfadada, parecía que no le hacía mucha gracia recibir visita. Tendría que acostumbrarse, era mi casa, si no le gustaba, que se fuera, yo no la había invitado. Me puse una película que no vi, claro, porque me quedé dormida, pero al rato desperté sobresaltada. Parecía que alguien me estaba espiando. Cuando conseguí enfocar la vista, miré hacia el techo y ahí estaba mi abuela, cada vez más definida, mirándome fijamente. Me froté la cara con las manos con vehemencia cada vez más decidida a llamar a un psiquiatra y me fui a la cama.

Al día siguiente, me levanté, le di los buenos días a mi abuela y me fui a prepararme el desayuno. A las dos en punto llegó mi invitado y yo ya lo tenía todo listo: la mesa preparada y yo impecable. Mi abuela nos miraba desde el techo escandalizada, supongo que no le parecía bien que llevase a un chico a casa. Le pregunté a mi amigo si la mancha no le recordaba a la cara de una mujer pero él no pareció encontrarle parecido con nada. Le dije dónde estaban los ojos y la boca pero él me miró como si se me estuviese yendo la cabeza, así que intenté restarle importancia y comenzamos a comer. Cuando terminamos, nos sentamos en el sofá para acabar la botella de vino. Yo ya empezaba a notar sus efectos y él también, porque cada vez se acercaba más y me rozaba el muslo en cuanto tenía ocasión. Al cabo de un rato que me pareció larguísimo se decidió y me besó con urgencia. Volví la cabeza cuando empezó a morderme el cuello y me topé con la mirada horrorizada de mi abuela. Cerré los ojos para concentrarme en lo que estaba haciendo pero la curiosidad pudo conmigo y volví a abrirlos. Ahora mi abuela tenía la boca abierta y no nos quitaba ojo. De repente me dio un pudor extraño, como si estuviese acostándome con mi novio en la cama de mis padres, me lo quité de encima y le dije lo más amablemente que pude que tenía que irse. Por mucho que endulces un rechazo, no deja de ser un rechazo, así que se fue de mi casa echando humo. Supuse que no podría llamarle en mucho tiempo.

Cerré la puerta y me encaré con mi abuela muy enfadada, que parecía que estaba sonriendo. No pude más, cogí la toalla más grande que tenía en el armario y unas chinchetas y me subí a una silla para taparle la cara, así no tendría que ver su mueca de satisfacción por haberme jodido el polvo hasta que vinieran los del seguro. La tapé y me fui al sofá satisfecha pero al cabo de unos minutos el remordimiento pudo conmigo, así que volví a subirme a la silla y descubrí una esquina de la toalla para ver cómo estaba. Parecía que lloraba. Me dio muchísima pena así que quité la toalla rápidamente y me sonrió agradecida.

Al día siguiente, cogí los papeles del seguro para buscar el número y me senté pensativa en el sofá con el teléfono en la mano sin parar de mirar la cara soñolienta de mi abuela recién levantada. Hasta me pareció que bostezaba.

Al cabo de una hora salí de casa y me encontré con mi vecino de arriba por las escaleras. Se interesó por si ya había arreglado la humedad y le miré extrañada antes de preguntar: “¿Humedad? ¿Qué humedad?”

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