La mala educación

Su padre siempre le decía que apuntar con el dedo era de mala educación. Eso y que no debía jugar con muñecas, que se cortase el pelo y que llorar era de maricas.

Con 18 años, un joven rudo y con el pelo a cepillo comunicaba a su padre que había decidido estudiar cocina. Su padre, rojo de ira, le llamaba maricón apuntándole con el dedo por querer cocinar como las mujeres.

Años más tarde, un hombre con la melena tapada por un gorro, debutaba en un famoso restaurante con tres estrellas Michelín. Esa noche, el salón se llenó de gritos de terror porque encontraron un dedo humano en el plato de carabineros cocinados a baja temperatura con salsa de ostras salvajes del Duque de Monterrey.

Horas después, uno de los cocineros en prácticas del laureado restaurante declaraba ante la guardia civil que nunca había soportado la mala educación.

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