Bruja tu puta madre

Brujas

Por las calles adoquinadas de un pueblo cualquiera, avanzaban despacio tres mujeres. Las personas se apartaba a su paso, las miraban y susurraban entre sí. Ellas se mantenían imperturbables, mirando al frente, como si nada ni nadie pudiera romper su trabajada apariencia de indiferencia y soberbia.
—¿Os parece bien aquí?—Dijo la más alta de las tres, que portaba una magnífica corona dorada sobre la cabeza.
Las otras dos asintieron y sin mediar palabra, entraron en el oscuro tugurio con sus aires de grandeza. Se sentaron en una mesa de madera cochambrosa y mugrienta y una de ellas, la de más edad, que llevaba un moño imposible en su pelo plateado, frunció el ceño.
—¿No puedes hacer nada, Maléfica?—dijo mirando a una de las mujeres que lucía con orgullo dos cuernos negros.
La aludida puso los ojos en blanco y, a continuación, llamas verdes rodearon su cuerpo. En un abrir y cerrar de ojos, la mesa a la que estaban sentadas no sólo estaba limpia, sino que parecía recién lijada y barnizada.
—¿La dejarás así cuando nos vayamos?—preguntó exceptica la del moño.
—¿Qué más da? En cuanto salgamos por la puerta tirará la mesa, las sillas y fregará el suelo con salfumán. ¿Oye, no habías quedado con Úrsula?—preguntó mirando a la de la corona.
—Sí, habíamos quedado en la playa, pero cuando estaba esperando, una anguila ha asomado la cabecilla por encima del agua y me ha dicho que fuera tirando, que luego vendría ella.
—¿Y cómo va a saber dónde estamos?
—‎Preguntando supongo. A estas alturas ya debe saber todo el pueblo que estamos aquí.
—‎Disculpe, caballero—Dijo la mujer del moño al camarero—¿Podría servirnos tres copas de crianza? Rioja, por favor.
—‎Aquí solo tenemos Ribera—dijo adusto el hombrecillo.
—Bueno, pues Ribera, qué se le va a hacer—se resignó la mujer.
—‎Que sean cuatro—dijo una potente voz desde la puerta—. O mejor, que sea la botella entera.
Úrsula se acercó bamboleando sus prominentes caderas embutidas en un ajustado vestido negro que le quedaba, a todas luces, demasiado pequeño.
—Úrsula, que me mojas—se quejó Maléfica—. ¿Se puede saber por qué no te has secado?
—‎Lo siento, ni me he acordado, como llegaba tarde…
—‎¿Y por qué has llegado tarde?—preguntó severa la de la corona. Por su expresión, no admitía los retrasos injustificados.
—Vivir debajo del agua encoje la ropa—se quejó la recién llegada—. No hay mañana que me vaya a vestir y no sufra para ponerme cualquier cosa.
—Sí, será el agua—dijo la de la corona ocultando una sonrisa con la mano.
—Oye, tú eres un poquito bruja, ¿no?—replico Úrsula ofendida.
La mujer retiró la mano de su boca y la miró.
—Lo siento mucho, tienes razón, perdona. Pero no me llames bruja, anda, que estoy hasta el coño de la palabrita.
—Y que lo digas hermana—Dijo Maléfica alzando su copa a modo de brindis.
—Estoy hasta la corona—siguió la primera que parecía que le habían dado cuerda—. Que buena es Blancanieves y que zorra su madrastra. Que bien que encontró a su Príncipe Azul. ¡JA! Lo que es Blancanieves es imbécil y no lo sabe.
—‎¿Qué ha hecho está vez?—preguntó la del moño apurando su copa.
—¿Que qué ha hecho? ¡Se ha preñado otra vez! ¡Cuatro van ya! ¡Cuatro! Y cuando le mando una paloma para ver qué ha pasado me dice que es que a su Príncipe no le gusta follar con condón. ¡Claro! ¡Cómo él no se preña! Bueno, ni se preña ni se ocupa de los hijos, que está siempre que si tiene que hacer un viaje diplomático al reino de no sé qué o que si tiene que ir a ayudar en un conflicto de no sé cuántos. ¡Venga hombre! A ese lo que le pasa es que tiene a una princesita en cada Reino.
—‎¿Estás segura de eso?—preguntó Úrsula.
—¡Hombre que sí estoy segura! A ver si te crees que al espejo sólo le pregunto si voy guapa.
Las tres guardaron silencio durante un momento y se dedicaron a dar lentos tragos a sus respectivas copas con la mirada perdida.
—Oye…-dijo la del moño rompiendo el silencio—Nunca nos hemos contado… Ya sabéis… Lo que nos pasó.
Todas miraron incómodas al suelo.
—Es que creo qué, si hay alguien que nos crea, aunque seamos nosotras solas, nos sentiremos mejor—insistió.
Úrsula levantó la cabeza con decisión y las miró a todas una a una.
—Tienes razón, ya está bien de callarse—se dirigió al camarero—. ¡Mozo, deja otra botella por aquí que esto va para largo! ¿Queréis que empiece yo?
—‎Claro, alguien tiene que empezar—contestó Maléfica.
Úrsula apuró su copa, volvió a rellenarla y se humedeció los labios.
—He firmado una cláusula de confidencialidad de la hostia así que ya podéis callaros que se me puede caer el pelo. A ver, resulta que Tritón y yo, teníamos un lío.
Las caras de las otras tres eran un poema.
—¿Triton y tú?—preguntaron a coro.
—‎¿Por qué os sorprendéis tanto, hijas de puta? Yo tengo mucho encanto aunque no me quepan los putos trapos de Zara.
—‎Que no es por eso, tontalaba—dijo la de la corona—. Que yo siempre me he preguntado cómo… Ya sabes, cómo con la cola…
—‎¡Ah!—Se carcajeó ella—. Que morbosas sois. Digamos que los sirenos tienen una gran habilidad bucal y dactilar.
Todas se rieron por lo bajo y Úrsula continuó.
—Bueno, pues resulta que Ariel es muy maja, pero estaba con todo el pavo subido y no había manera de hacer carrera de ella. Se saltaba las clases para irse por ahí con el pez amarillo ese y con el cangrejo, que con la excusa de vigilarla, bien que se arrimaba. Y resulta que un día, se asoma a la superficie y ve al Erik ese, que es todo pelo sedoso y pecho al descubierto pero que en realidad es un cabrón con pintas. Y se volvió loca. Su padre estaba preocupadísimo y como la niña no paraba de darme el coñazo con que le diera piernas para poder irse con el muchacho ese, me dijo su padre que le diera a elegir entre algo que quisiese mucho y las piernas, para que se le pasase la tontería. Y como la niña estaba todo el día cantando y diciendo que quería ir a OT o a La Voz, le dije que si quería piernas me tenía que dar su voz. Yo pensando que me iba a decir que ni de coña, claro. Y la muy tonta me dice que sí, que le diera las piernas. Y ya sabéis cómo funciona eso, que una vez haces el hechizo ya no lo puedes deshacer. No veas cómo se enfadó Tritón conmigo. Me dijo que era imbécil, que le tendría que haber dado a elegir entre su vida, la de su padre digo, o la de sus 45 hermanas y las piernas.
—¿Tiene 45 hijas?—interrumpió la del moño, que le gustaba mucho el salseo.
—Oficialmente tiene 7, pero ese ha sido más listo que la leche y tiene hijas repartidas por todo el océano. Me han dicho que hay un rey en un país mediterráneo, de estos calentitos, al que le pasa lo mismo. El caso es que no sabe lo que dice, con la tontería que tiene la niña le hubiese dado igual matar hasta a su padre si así conseguía lo que quería.
—¡Pues menudo plan!—dijo Maléfica-¿Y qué tal con Tritón?
—¡Ese es un cabrón!—contestó Úrsula—A ver quién te crees que ha extendido el rumor de que yo quería engañar a Ariel. Lo que no quiere es que nadie sepa que estábamos liados y que lo de darle a elegir había sido idea suya. Cada vez que me ve, gira la cabeza. Como me toque mucho los ovarios, pienso publicar en redes unas cuantas fotos subiditas de tono que tengo de los dos, a ver qué tal le sienta. Pero una tiene sus principios y de momento no lo he hecho.
—¿Y tú qué, coronitas? ¿Qué hay de lo tuyo? ¿Le diste la manzana envenenada para ser tú la más guapa o qué?—preguntó Maléfica a la de la corona.
—¡Ni me hables! Hasta el coño estoy del espejito, espejito… Blancanieves es una niña muy rica, pero todo lo que tiene de culta lo tiene de ignorante emocional. Y eso le pasa, que la torean como quieren. Yo me di cuenta de que el Príncipe ese de la melenita a lo pan sin sal la estaba rondando. Cada vez que salía a por agua o a leer debajo de un árbol, aparecía él como de casualidad. Intenté hablar con ella pero el otro ya se la había camelado y la otra sólo pensaba en vestidos de novia y chalets adosados con perros y bebés. Tonta del culo, te lo digo yo. Así que como no me hacía ni caso, le dije a Manolo, el de la escopeta, que se la llevara lejos para apartarla del Príncipe, a ver si así entraba en razón, volvía a estudiar y se dejaba de tonterías. Hacía días que no sabía nada de ella y yo ya estaba preocupada, la verdad. Y de repente me dice una vecina que la tonta a las tres estaba de chacha en casa de unos tipos que trabajaban en una mina. Por lo visto tenían acondroplasia y…
—¿Acondroqué?—preguntó Úrsula.
—Una enfermedad, que entre otras cosas, hace que seas más bajito que la media. La gente les llamaba los siete enanitos, pero a mí eso me sonaba a banda de pandilleros. Total, que a mí me dio una rabia que pa’ qué. Pagándole unos estudios para que al final acabe en casa de siete aprovechados limpiando, cocinando y haciéndoles las camas. Que es un trabajo muy digno, pero yo a su padre le había prometido antes de morir que le daría estudios, coño. Así que pensé en traérmela otra vez al castillo, pero como sabía que no iba a querer, me disfracé de vieja, que ella siempre ha sido muy educada con las personas mayores y pensé en llevarle una manzana por entablar conversación, porque sabía que si le llevaba un pastelillo no se lo iba a comer, que está siempre con el rollo de los azúcares añadidos y las grasas trans. Y resulta que no lo sabíamos ninguna, pero era alérgica a las manzanas. Y claro, le dio un shock anafilactico. No veas el susto que me llevé cuando se desmayó. Me quedé paralizada y en esas estaba cuando llegaron los siete tipejos esos y me empezaron a perseguir.
—¿Y es verdad eso de que se despertó con un beso de amor?—preguntó la del moño.
—¡Qué beso de amor ni qué niño muerto! Muy listo es ese Príncipe. Que yo estaba vigilando desde detrás de un árbol y vi que sacaba del morral del caballo una jeringuilla con lo que supongo que sería Urbasón. ¡Nos ha jodido que se despertó!
—¡Venga, venga, que esto está calentito! A ver, Duquesa de Alba, ¿qué te pasó a ti con Cenicienta?—preguntó Úrsula.
La del moño bufó y apuró de un trago su copa de vino.
—¿Que qué me pasó? Esa niña ha sido toda su vida una malcriada. Su padre le dio todos los vicios y cuando murió no había forma de hacerse con ella. Tenía a mis hijas hartas, llorando todo el día porque se metía con ellas todo el rato. Salía de fiesta día sí y día también, llegaba a casa borracha y con las pupilas como canicas. Y eso no lo hace el alcohol. Yo le ponía hora de llegada, a las 12 tenía que estar en casa, pero ella se pasaba la hora por el forro. Y un día llega con un vestido de firma, que a saber de dónde había sacado el dinero para comprarlo, y me dice que era para la fiesta del Príncipe. Pero me acababan de llamar del instituto para decirme que había faltado a clases toda la semana y que como siguiera así iba a repetir curso y ya me harté, y le prohibí ir a esa fiesta. Pero como nosotras también estábamos invitadas sí que fuimos, no nos íbamos a quedar en casa por la malcriada de las narices. Y cuando estábamos todas allí de repente la veo bajando las escaleras con el vestidito de marras. En ese momento no dije nada, no quería montar una escena en mitad del baile pero al llegar a casa la castigué.
—¿La castigaste o la encerraste?—preguntó la de la corona.
—¿Pero cómo la voy a encerrar? La gente habla mucho. La castigué y esta vez me quedé yo en casa para que no saliese. Al final estaba bajo mi tutela desde que su padre murió y era mi responsabilidad que se enderezase y se hiciese una mujer de provecho. Pero no hubo nada que hacer, el Príncipe de las narices la estuvo buscando por todos los lados y justo llamó a nuestra puerta el día en el que cumplía 18 años y claro, yo ya no podía hacer nada por retenerla en casa.
—¿Y sabes algo de ella?—preguntó Maléfica.
—Hace poco la vi sentada en un portal con una litrona y todo el vestido roto y sucio. Cuando me acerqué me dijo que su Príncipe había ido a por tabaco, que si le había visto. Me parece a mí que a esa tonta la han dejado más tirada que una colilla. Me la intenté llevar a casa, pero se me puso como una loca y no hubo manera. Espero que vuelva en algún momento, me da mucha pena.
Cuando terminó su historia, las tres miraron a Maléfica con interés mientras ella jugueteaba con el pie de su copa.
—Bueno qué, ¿nos cuentas tu historia?—preguntó Úrsula.
—Ahora me da vergüenza—contestó Maléfica tocándose distraidamente un cuerno.
—¡Cómo te va a dar vergüenza! ¡Si ya hemos contado todas lo nuestro!
—Ya, pero lo mío al final sí que fue mi culpa. No fue mi intención, pero sí mi culpa—Suspiró y levantó la mirada—. A ver, una amiga de la infancia tuvo una niña. Eran muy jóvenes y no sabían lo que se les venía encima y les superó. Bueno, le superó a ella, porque él se desentendió de todo el tema de la crianza. Yo veía a mi amiga que cada día estaba peor, no comía, no dormía, las ojeras cada vez eran más negras y se pasaba el día llorando. Yo creo que tenía depresión postparto, pero como el marido no le dejó ir al médico, no lo sé a ciencia cierta. Y la cría lloraba y lloraba, creo que tenía cólicos. Me daba tanta pena, que le dije que no se preocupara, que iba a intentar ayudarla. Y aunque no es mi especialidad, estuve buscando en libros de hechizos, alguno para dormir a la niña para que ella pudiera descansar. Pero el libro estaba en inglés, y ya sabéis que los idiomas no son lo mío, y me equivoqué en las cantidades de sangre de dragón, que por lo visto es un somnífero muy potente. Cuando le di la poción ella estaba tan contenta, porque pudo dormir toda la noche pero como a la mañana siguiente no se despertaba, ni a la siguiente, ni a la siguiente… El marido, que es un déspota asqueroso, me puso de vuelta y media, les contó a todo el mundo una patraña y me echaron del pueblo.
—¿Y la niña cómo está?—preguntó la de la corona.
—Pues por lo visto la sobredosis de sangre de dragón se cura sola con el tiempo, así que hace unos años se despertó pero se le ha quedado alguna secuela. Ahora se queda dormida en cualquier parte, la pobre. Narcolepsia, creo que le llaman. Pero bueno, al menos está viva.
—Pues menuda mierda—dijo la del moño.
—Una mierda como un piano—corroboró la de la corona.
Se quedaron las cuatro bebiendo en silencio mientras masticaban la información, cuando un grupo de jóvenes pasó por su lado derramando parte de su cerveza sobre los cuernos de Maléfica.
—¡Ten cuidado!—rugió ella.
—¡Cállate, bruja!—le escupió el adolescente en la cara.
—¡Bruja tu puta madre!—gritó Úrsula poniéndose en pie.

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