Cuando el adiós se te atraganta

Padre hija

Ya han pasado más de tres meses desde que te fuiste y no hay un día en el que no te recuerde. Es curioso, parece que tiene que morir alguien para que le pensemos. En el día a día, hay tantas cosas que hacer y de las que preocuparte, que muchas veces no dedicas un momento a pararte y pensar en los que quieres. Sea como sea, yo ahora te echo de menos a diario. Es un echar de menos consciente, lo que no significa que sea menos real, porque, al vivir separados de tantos kilómetros, las visitas se espaciaban y el teléfono no era tu fuerte. Quizá por eso tu ausencia es más abstracta. Quizá por eso sigo esperando verte cada vez que vuelvo a casa. Cómo cuando ves una película por segunda vez y sigues esperando que el protagonista no muera al final, aunque sepas que va a ocurrir.

Algo así le ocurre a Sya. Le he explicado muchas veces que no va a volver a ver al yayo, pero ella pregunta por ti siempre que llegamos a casa. Cada noche, antes de dormir, te da las buenas noches mirando hacia tus fotos que he colgado en su habitación. Cada día besa la cadena que no me quito nunca del cuello. Sé que es algo más simbólico por mí parte, tú apenas la llevaste, pero cuando me acuerdo de ti, la aprieto fuerte. Ya se ha convertido en una costumbre que me reconforta. Es como pasar una mañana en la huerta cuando voy a casa. Para mí era mi ratito contigo, el lugar donde más hablabas, donde redescubría a mi padre. Ahora que no estás, no quiero dejar de hacerlo. Paso ese ratito junto a tu hermano, mi tío, y pienso en ti, porque no podíais ser más iguales. Los dos conseguís abriros en vuestro entorno y disfrutáis de compartir vuestro pequeño reducto de paz con quién queréis. Hay veces que no me sale hablar en pasado cuando hablo de ti.

Eras una persona de pocas palabras pero ideales fuertes. Me enseñaste a perseguir lo que quieres sin pisar a nadie, una enseñanza que muy pocos practican hoy en día. A luchar cada día porque, aunque la enfermedad al final te venza, en el camino todavía queda mucha vida por disfrutar. No te prodigabas en gestos de cariño superfluos, por eso los tuyos eran más reales, más palpables. Tus besos tenían un sabor más fuerte, porque no lo perdía de tanto malgastarse. Tus abrazos eran más fuertes, porque no los disfrutaban manos ajenas.
Tu muerte todavía me resulta ajena, poco real. El día que lo asuma, te diré adiós. Mientras tanto, te seguiré hablando como si me oyeras.

Hasta la próxima, papá.

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