Ha llegado el momento parque: ¡A las barricadas!

Vamos a hablar claro, por favor. Ir al parque con tu hijo es un COÑAZO. Muy bonito, muy bucólico, sí, sí… Ya te imaginas sentándote en el suelo mientras juegas con la arena palita en mano; empujando a tu vástago en un columpio, mientras él ríe feliz con el balanceo y luego se lanza a tus brazos para demostrarte su agradecimiento; te ves ayudándole a lanzarse por el tobogán; disfrutando con sus primeros acercamientos sociales, más bien torpes… JA

Lo que no piensas cuando bajas con tu churumbel al parque más cercano, es que está lleno de otros churumbeles con sus circunstancias, o lo que es lo mismo, con sus padres. Y es que los niños pequeños son muy cargantes cuando no son tuyos, pero lo entiendes, porque el tuyo es igual (que sí, que ya lo sabemos, el tuyo es el mejor, pero quizá un poquito cargante sí que es, ¿no?) pero ahí tiene que estar el padre para que no cargue a los demás. Vamos, que lo aguantes tú, que para algo lo has parido (o lo has hecho, o lo has adoptado, que lo mismo es). Pero nooooooo, ahí están esos padres, con sus ovarios/huevazos bien aposentados en los bancos hablando de lo bien/mal que le quedaba a Meghan Markle el vestido de novia o mirando el último hilo cachondo de Twitter, mientras sus hijos están haciendo el mal y tocándote a ti lo mismo que ellos tienen aposentado en el banco.

Porque, ¿qué ocurre cuando un niño le quita a tu hija el juguete con el que está jugando, por ejemplo? Pues que a una servidora le entran instintos homicidas cuando el llanto de la susodicha amenaza con reventarle el tímpano. Y mientras, a los padres del niño en cuestión, ni se les ha visto ni se les espera. ¿Y de verdad quiero normalizar el hecho de que alguien venga a quitarle lo que está usando sin decir ni hola porque ‘hay que compartir’? Porque compartir está muy bien, pero poner buena cara al que abusa de ti, es de tontosdelaba. Y qué cojones, que mi hija hace lo mismo en cuanto me doy la vuelta, pero para algo estoy yo pendiente, para que mi hija aprenda y para que los padres de los demás no quieran meterle arena en los ojos a la mía y salir corriendo. Sobre todo para lo segundo porque me da que aprender esos conceptos con dos años, como que no. Por mucho que nos empeñemos.

A ver, no es que sea un sufrimiento ir al parque, es que ir tooooodos los días pues quieras que no, un poquito cansa. Es como leerte todas las tardes el mismo libro, que por mucho que te guste, acabas hasta las pelotas. Además, que yo me quejaré mucho, pero luego soy la más gilipollas del barrio y acabo con todos los críos detrás. Ayer, sin ir más lejos, reuní a mi alrededor a 8 niños que me gritaban para que les enterrase la mano. Y luego decidieron que era más divertido enterrarme a mí. Al llegar a casa y quitarme el sujetador, hice montañita en el suelo. Y fue divertido, pero cuando dieron las 10 de la noche, estaba hecha una braga, además de tener las mías llenas de arena.

Y lo mejor, lo que más gustirrinín me dio, es que algún padre de los niños con los que yo jugaba me miraban con condescendencia, como diciendo: “Mira la payasa esta, no sé quién hace más el tonto, si los críos o ella”. Pues probablemente yo, pero gracias a esta payasa, tu hijo se ha ido a casa tan contento y tú te has podido tocar el papo a gusto.

En fin, la próxima vez saco la gorra que con lo que me saque de animadora infantil, me pago el psicólogo.

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