Nuestra cueva

Nuestra cueva“No iba a estar tan mal”. Me lo repetía como un mantra. “No iba a estar tan mal”. Pero no me lo creía ni yo. Todas mis amigas se habían quedado en casa, en Madrid, sin sus padres, pero a mí me habían obligado a ir a este pueblo dejado de la mano de Dios. Cuando llegamos, después de cuatro horas y media infernales metidos en el coche de mi padre, con cadena Dial a todo trapo, el cielo estaba encapotado, como imaginaba que estaría los diez días que tendría que estar ahí encerrada. La casa era bonita, eso tenía que reconocerlo. Era de un compañero de trabajo de mi padre, que la había heredado de sus padres y sus padres de sus padres hasta no sé qué generación. Una casa vieja, de piedra, en lo alto de una montaña, cerca de la playa, con mucho verde alrededor, una mesita de piedra en el jardín, un salón enorme con chimenea, dos habitaciones… vale, la casa era increíble. No me importaría haber venido aquí con mis amigas de vacaciones, pero estar ahí encerrada con mis padres era otro cantar. La casa era la leche, pero la sentía como una cárcel de piedra.

Dejé la maleta en mi habitación, me puse el bikini y salí de la casa. Ni siquiera me despedí de mis padres. No hacía demasiado sol en la playa, pero la temperatura era agradable. Extendí mi toalla y me recosté apoyándome sobre los antebrazos para poder echar un vistazo a toda la playa. Las playas del norte son curiosas, tienen tan cerca la montaña que las piedras llegan hasta la misma orilla. Me tumbé boca abajo y me puse los cascos para escuchar música en mi teléfono. No sé cuánto tiempo llevaba así cuando vi unos pies justo delante de mí. Levanté la vista y vi que una chica mulata con el pelo castaño y afro movía los labios, pero no oía nada de lo que decía.

―Lo siento, con los cascos no te he oído―le dije.

Ella se rio y se sentó a mi lado.

―En realidad no te he dicho nada, sabía que no me escuchabas―dijo sonriendo―¿Qué música es?

Foo Fighters―contesté―¿Te gustan?

―No los he escuchado en la vida. ¿Me dejas uno?

Le pasé uno de los auriculares y me incorporé para sentarme a su lado. Ella cerró los ojos mientras escuchaba una de mis canciones favoritas. Apretó fuerte los labios conteniendo una sonrisa y comenzó a mover la cabeza al ritmo de la música. Cuanto terminó la canción, clavó sus enormes ojos negros en mí y me sonrió mostrando una dentadura blanca y perfecta.

―Me ha encantado, tengo que buscarlo en Spotify―dijo.

―No tendrás problema, son muy conocidos―no sabía qué más decir para alargar esa conversación.

Me esperaban varios días por delante que se me antojaban muy aburridos, pero la perspectiva de conocer a gente de mi edad lo cambiaba todo. Sólo se me tenía que ocurrir algo que decirle a esta chica que se había sentado a mi lado sin conocerme de nada.

―¿Vives por aquí? ―le pregunté. La originalidad nunca había sido mi fuerte.

―Que va―contestó sonriéndome―. Y menos mal, esto en invierno tiene que ser un pueblo fantasma.

―Tampoco es tan pequeño, ¿no? ―le pregunté.

―En realidad no, pero comparándolo con Madrid…

―¡Anda! ¿Vives en Madrid? ―le pregunté, ilusionada de pronto.

―Sí, ¿tú también?

―Sí, he venido unos días con mis padres a la casa de un amigo de mi padre.

―Yo vengo con mis padres todos los veranos desde que tengo uso de razón, mi madre nació aquí. Mi padre no, evidentemente―se carcajeó―¿Quieres sentarte con nosotros? Te presento a mis amigos.

Asentí y me levanté para recoger mis cosas un poco cohibida. Me sentía como un perrito abandonado que busca desesperadamente una familia. Y me daba vergüenza. Mucha.

Nahara, que así se llamaba mi nueva amiga, me condujo hacia un grupo compuesto por chicos y chicas, todos más o menos de mi edad y me presentó.

―¿Ya has recogido a otra niña abandonada? ―se burló un chico rubio y bastante cachas que estaba medio tumbado en una toalla con otra chica recostada sobre su vientre.

―A ver cómo te crees que te encontré a ti, imbécil―le contestó Nahara con desparpajo.

Todos se rieron y me hicieron un hueco para que colocase mi toalla. Enseguida empecé a hablar con los demás y aunque todavía no me sentía parte de sus bromas (sobre todo porque muchas iban dirigidas a mí), poco a poco me fui integrando en el grupo. Todos eran muy simpáticos, pero Nahara irradiaba seguridad, una determinación y confianza en sí misma que hacían que brillase más que los demás.

Divisé a mis padres en otro punto de la playa, tumbados en sus respectivas toallas. Mi madre me miró y alzó en dedo pulgar con una sonrisa. Giré rápidamente la cabeza y me tapé la cara con la mano. Esperaba que nadie se hubiese dado cuenta.

―Mis padres también son un coñazo―susurró Nahara en mi oído―. Pero dales un poco de cuartelillo. Creo que se sienten culpables por haberte arrastrado aquí en contra de tu voluntad.

―Pienso dejar que se sientan culpables unos días más, a ver si se relajan un poco y me dejan respirar―sonreí.

―Venga, vamos al agua―dijo levantándose y lanzando arena con el pie a todos sus amigos, yo incluida.

Me puse en pie de un salto y la seguí corriendo hasta la orilla. El agua estaba fría y mis pezones se tensaron bajo la fina tela del bikini. Después de tirarnos agua durante un rato, me sumergí entera bajo el agua y buceé hasta separarme del grupo. Me mantuve flotando sobre el agua con los ojos cerrados, sonriendo por primera vez en días ante la perspectiva de pasar varios días de vacaciones con estos desconocidos que, sin embargo, parecían simpáticos. De golpe y sin esperarlo, me sumergí bajo el agua sin darme siquiera tiempo a tomar aire y cuando conseguí sacar la cabeza a la superficie vi a Nahara mirándome divertida.

―Lo siento, era demasiado tentador―dijo riéndose ante mi cara de sorpresa―¿Qué hacías?.

―Nada, sólo pensaba que estas vacaciones no van a ser tan horribles como imaginaba.

Fuimos andando a duras penas hacia la orilla y era terriblemente consciente del roce de nuestros brazos. La miré de reojo y vi cómo las gotas de agua resbalaban por su piel oscura y brillante bajo el sol y cómo la piel se le ponía de gallina al contacto con la brisa.

―¿Tienes frío? ―pregunté―. Tienes la piel de gallina.

Me sonrió mientras se abrazaba a sí misma frotándose los brazos con las manos.

―Que va, estoy acostumbrada al agua fría de aquí, me gusta la sensación, pero parece que mi cuerpo no opina lo mismo.

Nos sentamos en la orilla a observar cómo los demás seguían tirándose agua y vi al chico rubio que se había burlado de mí al principio comiéndose casi literalmente a la chica que estaba tumbada sobre él en las toallas.

―Esos dos empezaron a liarse hace dos veranos y cada vez se hace más pesado estar con ellos―dijo adivinando a quienes estaba mirando―¿Tú tienes novio en Madrid?.

La miré, incómoda de pronto. Me había enrollado con tres chicos en mi vida, pero nunca había tenido novio. Siempre cortaba la situación antes de que se pusiese realmente íntima. No había logrado sentirme bien con ninguno de esos chicos, sobre todo cuando empezaban a meterme mano descaradamente con claras intenciones de pasar a la siguiente base.

―Si no quieres no me lo cuentes―me dijo.

―No, no, que va, no es eso―le contesté―. Es que nunca he estado el tiempo suficiente con un chico como para considerarlo mi novio. No he encontrado a nadie que me gustase lo suficiente.

―A lo mejor es que no buscabas en el grupo adecuado―me guiñó un ojo―. Yo he estado con algunas personas en mi vida, pero tampoco demasiado tiempo. Mi madre siempre dice que me divierta, que soy demasiado joven para tener una relación y mi padre se va de la habitación en cuanto mi madre saca el tema. Le pone nerviosa que su hija tenga vida sexual―se rio.

―Yo jamás he hablado de eso con los míos. Han intentado sacarme el tema un par de veces, pero yo hago como tu padre, me voy de la habitación―nos carcajeamos.

―Oye, esta noche empiezan las fiestas del pueblo. ¿Te apetece venir con nosotros?

Una sonrisa me iluminó la cara.

―Claro, me apetece mucho―contesté.

―Bueno, yo me voy a ir ya a casa, hemos quedado en un par de horas y si no me lavo el pelo me van a anidar pájaros―me dijo metiendo los dedos entre su pelo afro. Me dio una envidia absoluta, tenía un pelo precioso.

―Yo también me voy, voy a pedirle las llaves de la casa a mis padres.

―¿Te importa si te acompaño? Siempre he querido ver esa casa por dentro―pidió.

―¡Venga! Si me esperas media hora para que me prepare nos vamos juntas a la tuya―dije cruzando los dedos mentalmente para que dijese que sí.

―Perfecto―me sonrió―. ¡Chicos, Eva y yo nos vamos ya, quedamos a las diez en la plaza!-dijo dirigiéndose a los otros, que seguían jugando en el agua.

La mayoría levantaron el pulgar y nosotras nos fuimos a recoger las cosas. Mis padres me dieron las llaves y asintieron con una sonrisa cuando les pregunté si podía salir con Nahara y el resto de los chicos esa noche. Ni siquiera me dijeron que volviera pronto o que tuviera cuidado.

Cuando subimos la montaña sobre la que estaba la casa, ambas jadeábamos, pero Nahara se quedó parada observándola en silencio desde el jardín.

―¿Te gusta? ―pregunté tímida.

―Me encanta. ¿Por dentro es igual de bonita?

―Bueno, por dentro es más una casa al uso. Cuando hemos llegado pensé que tendría más pinta de casa rústica, pero es más una casa moderna. No le pega mucho, pero supongo que los dueños la usan habitualmente y quieren algo cómodo.

―¿Conoces el rincón secreto de esta casa? ―preguntó sonriendo.

―¿El rincón secreto? Acabo de llegar, justo he visto mi habitación y he bajado corriendo a la playa―contesté levantando las cejas.

―Ven, te lo enseñaré. Nosotros hemos venido un par de veces, cuando no hay nadie en la casa, pero no se lo digas a los dueños.

Me cogió de la mano y tiró de mí hacia la parte de atrás de la casa. Noté sus dedos cálidos cuando se entrelazaron con los míos y un escalofrío prendió en mi estómago haciéndome sentir confusa. Me condujo hacia unas escaleras de piedra que bajaban por un acantilado que daba al mar. Por suerte, sólo eran cinco escalones antes de llegar a una superficie plana de tierra. Nahara señaló con su mano libre hacia una pequeña cueva excavada en la roca.

―No es muy grande, pero dentro de esa cueva oyes el sonido del mar sin otro ruido que interfiera. Me encanta venir aquí pero sólo tiene acceso desde la casa, aunque la cueva no les pertenezca.

Entramos y coloqué mi toalla en el suelo para sentarnos mientras oíamos el mar. Apoyamos la espalda en la pared de roca y, estirando las piernas, tocábamos la pared contraria. No me di cuenta de que nuestras manos continuaban unidas hasta que ella las colocó sobre mi pierna. Noté calor de pronto en la zona del muslo donde descansaban las manos.

―Voy a dejar la toalla aquí para que puedas sentarte. Mientras estemos en la casa, puedes venir aquí siempre que quieras.

―Vendremos juntas―me sonrió sin separar sus gruesos labios mientras me miraba a los ojos.

La dejé curioseando la casa mientras me duchaba y me vestía con un vestido de verano y unas zapatillas de tela. Cuando salí con el pelo todavía empapado y maquillada mínimamente, Nahara estaba sentada en mi cama con las manos apoyadas en el colchón y balanceando sus largas piernas con la mirada perdida en las puntas de sus propios pies. La luz del sol entraba por la ventana arrancando reflejos cobrizos a su pelo y movía los labios canturreando una melodía que no fui capaz de identificar.

―Estoy lista, ¿nos vamos? ―dije para que se percatase de mi presencia.

Lentamente, como saliendo de un sueño pesado, aparto la vista de sus pies y me miró sonriendo. Sin decir nada, se levantó y volvió a coger mi mano como si lo hiciésemos a diario.

Su casa era mucho más modesta, pero se encontraba en el centro del pueblo. Cuando se fue a la ducha, me quedé en el salón mirando las fotos familiares que decoraban la mesa de comedor. Una Nahara desdentada de unos seis años me miraba sonriente desde uno de los marcos. En otra, volvía a aparecer ella un poco mayor flanqueada por un hombre negro, alto y fornido, que identifiqué como su padre, y una mujer delgada, bajita y rubia, que supuse que sería su madre.

―Hola―Escuché a mi espalda.

Me di la vuelta rápidamente, como si me hubiesen descubierto haciendo algo prohibido, y me encontré con una copia casi exacta de la pareja que acababa de ver en la fotografía.

―Hola―dije avergonzada―. Soy Eva, amiga de Nahara, le estoy esperando para irnos a las fiestas.

El padre me sonrió y murmurando unas palabras que supuse que serían un saludo, salió del salón mientras la madre se acercaba a mí. Cogió la foto que había estado mirando segundos antes y me preguntó:

―¿No eres de por aquí, no? Llevo muchos años fuera, pero creo que conozco a todo el mundo.

―No, acabo de llegar, he venido con mis padres de vacaciones. Vivo en Madrid, como vosotros.

Ella asintió.

―Eres la de la casa de la montaña, ¿verdad? Conozco a los dueños, son buena gente. ¿Ya has descubierto la cueva?

―Me la acaba de enseñar Nahara.

―Le encanta ese sitio―dijo riéndose―. Despierta mucha fascinación entre los jóvenes del pueblo, yo misma me colé varias veces.

―Es muy bonita―contesté.

―Oh, es algo más que bonita, es un sitio especial. La leyenda dice que tus deseos más ocultos son revelados en esa cueva. De ti depende hacerlos realidad o frustrarte por no haber sido capaz de perseguirlos.

―¿A ti se te cumplieron tus sueños? ―le pregunté.

―Soy bastante escéptica con esos cuentos de viejos, pero a este en particular le tengo cierto cariño. La última vez que fui a esa cueva fue hace casi 17 años y deseé con todas mis fuerzas quedarme embarazada. Arrastré a mi marido hasta allí desesperada―se carcajeó con su propio recuerdo―. El caso es que no sé si fue la cueva o el tratamiento de fertilidad que estábamos siguiendo, pero ya ves que Nahara está hoy aquí.

―Pero eso no tiene por qué ser por la cueva, ¿no? ―dije resistiéndome a creer en ese tipo de cosas.

―No, no tiene por qué, pero a mí me gusta pensar que Nahara es un regalo de Mutriku. Por eso seguimos viniendo aquí cada verano.

―¿Y por qué no has vuelto a la cueva? ―pregunté.

―¿La verdad? Me da miedo, como si pudiese quitarme todo lo que me dio por abusar. Es una tontería, lo sé―dijo al ver mi cara.

En ese momento, Nahara entró en el salón con las manos perdidas en su espesa melena. Le dio un cariñoso beso a su madre y me miró.

―¿Nos vamos? ―preguntó.

Asentí y ella volvió a entrelazar sus dedos con los míos ante la atenta mirada de su madre que sólo nos deseó que lo pasáramos bien y se despidió con la mano mientras nosotras salíamos de la casa.

―Tu madre es muy simpática―le dije mientras enfilábamos hacia la plaza, donde habíamos quedado con los demás.

―Sí, es guay. ¿De qué hablabais cuando llegué? ―preguntó.

―Me contaba la historia de la cueva que me acabas de enseñar.

Nahara bufó.

―Le encanta contar cómo folló con mi padre en esa cueva y se quedó embarazada. Ya no me da ni vergüenza―se carcajeó.

―Bueno, ella no me lo ha contado exactamente así―dije riéndome yo también.

―Ya, ya, pero en esencia es lo mismo.

Ya estaban todos allí cuando llegamos y nos fuimos directamente a la plaza, donde una orquesta tocaba sobre el escenario. Los chicos habían traído unas botellas de cerveza, y todos nos servimos en unos vasos de plástico. A mí nunca me había gustado el sabor, era demasiado amarga, pero me dio vergüenza decirlo y bebí como los demás. El segundo vaso me gustó más.

―Como me vean mis padres bebiendo, me matan―les dije.

―¿En Madrid no bebes? ―me preguntó un chico moreno que había estado en la playa por la tarde.

―Algunas veces, pero no es fácil comprar, te piden el carné―contesté.

―Cosas de las capitales―dijo otra chica alzando su vaso en señal de brindis.

Conforme iba entrando la madrugada, la música comenzó a ser más movida y nosotros, animados por el alcohol, nos lanzamos a la plaza a bailar. Me sentía parte del grupo y eso me hacía feliz. Al final, las vacaciones no iban a estar tan mal, como me repetía cuando llegaba aquella misma mañana. Nahara se acercó dando saltos al ritmo de la música y cuando estuvo a mi lado apoyó la cabeza en mi hombro.

―Estoy agotada―dijo.

Tenía la frente perlada de sudor, los ojos vidriosos por el alcohol y la sonrisa más grande que le había visto hasta el momento. Y eso que era una chica risueña.

―Yo también, además me estoy meando―dije.

―Ven, te diré dónde vamos a mear. Aquí no ponen baños portátiles.

La acompañé a través de la gente y doblamos una esquina hacia una plaza contigua que estaba en penumbra.

―Esta plaza tiene unos setos muy altos y nunca está iluminada―dijo―. Es el sitio perfecto.

Me acuclillé detrás de unos setos con Nahara tapándome por el lado de fuera. Cuando terminé, le tocó el turno a ella y yo ocupé su lugar.

―Ven, tengo una sorpresa para ti―dijo cuando se subió los shorts vaqueros que llevaba.

Caminamos hacia la otra esquina de la plaza y sacó de entre unos arbustos una litrona de cerveza.

―La escondí aquí sin que se enterasen los demás. Estará caliente, pero es toda para nosotras―dijo con una sonrisa enorme.

Nos sentamos en un banco, abrí la botella y le di un buen trago. Estaba caliente pero no me importó porque me encontraba muy a gusto allí con ella.

―¿Sabes? Me alegro de que te acercases a mí en la playa―me atreví a decirle.

―Y yo me alegro de haberme acercado―contestó poniendo una mano en mi rodilla y acariciándome con el dedo pulgar.

No había que ser muy lista para darse cuenta de las intenciones de Nahara y no sabía si era por el alcohol, por la curiosidad o porque realmente quería probar, pero tenía ganas de ver hacia dónde nos dirigíamos. La miré intentando adoptar una expresión sensual de clara invitación, pero me sentí ridícula al instante. No tenía demasiada experiencia y eso me hacía sentirme insegura. Una risa clara se escapó de los labios de Nahara.

―Dios, eres genial―dijo poniendo una de sus manos en mi nuca y acercándose despacio.

Cuando nuestros labios se rozaron, sentí que mi estómago se encogía con una mezcla de miedo y deseo. Su boca se abrió para atrapar uno de mis labios entre los suyos y morderlo ligeramente. Mi lengua se abrió paso hasta su boca y rocé tímidamente la punta de la suya para entrelazarlas a continuación. Succioné su labio inferior con delicadeza separándonos después apenas unos milímetros. Nos miramos a los ojos con la respiración acelerada y, tras besarme la punta de la nariz, me dijo:

―¿Nos vamos?

Bajamos las escaleras con los dedos entrelazados, igual que lo habíamos hecho hacía sólo unas horas, cuando me enseñó la cueva. Los latidos de mi corazón eran tan fuertes que casi no me dejaban oír el ruido de las olas chocando contra la pared del acantilado. En mi cabeza se sucedían una serie de voces que luchaban la una contra la otra. Una me decía que soltase su mano y corriese hacia la casa, hacia la seguridad de lo conocido. Otra me gritaba para que continuase ahí, para que no me fuera, para que no soltase esa mano que me apretaba el estómago a través de mis dedos. Silencié a mi parte cobarde y entré en la cueva detrás de Nahara. No paraba de recordar la historia que me había contado su madre, y no quería frustrarme por no haber tenido valor. Una vez dentro, ella se dio la vuelta y acortó la distancia que nos separaba colocando la mano que tenía libre sobre mi mejilla. Sus labios ligeramente abiertos exhalaban su aliento cálido directamente hacia mi rostro.

―Nunca había hecho algo así―le dije sorprendida ante el temblor de mi voz.

―Yo sí―me contestó―. Fue el año pasado. Me sentí confusa y pasé unos meses de auténtico pavor. No quiero que tú pases miedo. ¿Estás segura? ―me preguntó mientras acariciaba mi mejilla con el dedo pulgar.

―No, pero no puedo evitarlo. No quiero―rectifiqué.

Despacio, sin dejar de mirarme a los ojos, como si estuviera preparada para retroceder ante cualquier signo de vacilación por mi parte, fue acercando sus jugosos labios a los míos. Los últimos centímetros los recorrí yo misma, ansiosa por volver a probar el sabor de esa boca tan parecida a la mía propia. Sus labios, calientes y húmedos, se abrieron al contacto con los míos y nuestras lenguas se encontraron a medio camino, invadiendo con nuestra saliva la boca de la otra. No sé en qué momento solté su mano, pero sin pensarlo la tenía sobre uno de sus pechos, que lo notaba pequeño y duro bajo la palma de mi mano. Lo apreté con delicadeza y un gruñido se escapó de la garganta de Nahara mientras recorría los contornos de mi culo con su mano recién liberada. Se apartó de mí sólo unos centímetros, los suficientes como para mirarme a los ojos.

―¿Qué sientes? ―preguntó.

Yo sentía tantas cosas que no era capaz de ponerlas en palabras. Me quemaba la piel y el mero roce de mi ropa me molestaba. Quería descubrir la desnudez de Nahara, recorrer su cuerpo con las manos, con la lengua, con cada centímetro de mí misma. Nunca había sentido esa necesidad, esa pulsión, esa fiebre que me gritaba que volviera a besarla, que me empapase con la imagen de sus tetas, de sus pezones oscuros, que buscase su clítoris, igual que sabía dónde estaba el mío, que lo tocase, lo frotara y lo lamiera hasta que su grito hiciera enmudecer al mar.

―No quiero que pares―le dije―. Sólo sé que quiero más.

Y tras esto agarré su camiseta preguntándole sin hablar si podía desnudarla y ella levantó los brazos, contestando sin palabras que lo hiciera. Su sujetador color crudo de encaje semitransparente, dejaba entrever sus pezones oscuros y erectos bajo la delicada tela. Ella misma se lo desabrochó y dejó que resbalara hasta el suelo, a nuestros pies. Me mordí el labio inferior mientras la contemplaba y noté cómo se humedecían mis bragas de satén, el único conjunto de ropa interior sexy que había llevado y que había escogido inconscientemente aquella misma tarde.

Ella arrugó el bajo de mi vestido en sus manos para quitármelo dejando a la vista mi conjunto de ropa interior y se desabrochó el pantalón apartándolo de nosotras de una patada. Nos recorrimos con la mirada. Nuestros pechos se elevaban con cada respiración profunda, que inundaba la cueva de anticipación. Lentamente, me quité el sujetador para estar ambas en igualdad de condiciones. Ella con sus braguitas de encaje color crudo. Yo con las mías de satén negro. Sus pechos oscuros de pezones casi negros, en contraste con los míos pálidos de pezones rosados. Parecíamos el yin y el yang y como si fuésemos ese mismo dibujo, entrelazamos nuestros cuerpos para volver a atrapar la boca de la otra con los labios, los dientes y la lengua. Ese beso fue menos tímido, más animal, ya no hacía falta pedir permiso, sólo disfrutar del sentimiento que nacía en nuestras bocas y reverberaba en todas nuestras terminaciones nerviosas. Con una mano, apretó una de mis tetas mientras terminaba el beso de manera abrupta para agacharse y cubrir la otra con su boca. Succionó mi pezón, lo mordisqueó y lo lamió haciendo círculos con la lengua para volver a absorberlo después. Un gemido se escapó de mi boca mientras acariciaba mi propio sexo por encima de las bragas para conseguir calmar el cosquilleo que amenazaba con hacerme gritar de placer.

Se incorporó y volvimos a unirnos en un beso apretado mientras yo la empujaba delicadamente para tumbarme sobre ella, encima de esa toalla que había dejado aquella misma tarde y que todavía olía a sal y sudor. Coloqué ambas piernas a los lados de su cuerpo y volví a besarla mientras frotaba mi sexo con el suyo ambos cubiertos todavía por la fina tela de nuestra ropa interior. Me movía por instinto, mentiría si dijera que nunca me había imaginado sobre el cuerpo de una mujer, pero las únicas referencias sexuales que había tenido en mi vida, habían sido imágenes robadas de la televisión, sólo unos segundos antes de que mis padres acertasen a cambiar de canal. Y siempre heterosexuales, por supuesto. Cubrí sus pechos con ambas manos y lamí su cuello, desde detrás de la oreja hasta la hendidura de su garganta, donde jugueteé con la punta de la lengua antes de bajar con decisión hasta su pecho derecho, que lamí, succione y mordí hasta que conseguí que echara la cabeza hacia atrás y se tensara en medio de un siseo agudo. Me incorporé apoyando el peso en mis rodillas y acaricié su vientre con la mano hasta rozar el borde de su ropa interior y comenzar a deslizarla por sus piernas. Cuando le quité las bragas y la lancé con el resto de su ropa, la miré completamente desnuda debajo de mí. El pelo oscuro de su pubis, que se enroscaba en intrincados rizos como los de su cabeza; sus piernas largas y torneadas con una pequeña mancha un poco más oscura en la parte superior de su gemelo izquierdo; su vientre liso, adornado con un pequeño pendiente circular; sus pechos redondos, pequeños y oscuros que apuntaban al techo de nuestra cueva; y por último su cara, salpicada de pequeñas pecas sobre la nariz y bajo los ojos; sus labios mullidos; su nariz, pequeña y chata; sus ojos negros, enormes y enmarcados por unas espesas y largas pestañas. Ningún cuerpo me había parecido nunca tan hermoso. Besé su vientre y comencé a bajar lamiendo con la punta de la lengua hacia el vértice entre sus piernas.

―¿Sabes lo que haces? ―preguntó en un susurro.

Levante la mirada y sin apartar mis labios de su piel dije:

―No tengo la menor idea.

Y no la tenía, pero no me importaba. Paseé mi lengua por el límite que marcaba su vello mientras abría sus piernas delicadamente con las manos y cuando la tuve completamente expuesta a mí, lamí su clítoris repetidas veces con toda la superficie de mi lengua, aumentando la cadencia de mis movimientos mientras con uno de mis dedos primero, y dos después, la penetraba despacio. Sus gemidos inundaron el reducido espacio de la cueva y ya no existían las olas chocando contra la roca, sólo ella y yo entregadas a nuestras propias sensaciones. Me sentí fuerte, segura de mí misma por primera vez en la vida y cuando comencé a acelerar mis caricias y noté el cuerpo de Nahara tensarse y gritar de puro éxtasis, pensé que me correría ahí mismo, sin necesitar ni un sólo roce. Reduje el ritmo cuando el cuerpo de mi compañera quedó flácido sobre la toalla y, tras un último lametón, retiré mis dedos de su interior y me acomodé a su altura para besarla. Su boca me recibió con pasión y, aunque los primeros besos fueron lánguidos, aumentaron su intensidad conforme se fue recuperando del orgasmo. Noté su mano deslizarse por mi costado para cubrir después mi sexo con toda la palma, que volvió a humedecerse al instante. Comenzó a acariciarme despacio mientras se incorporaba sobre un lado y me obligaba a tumbarme boca arriba. Quería alcanzar su boca para volver a besarla, pero me lo impidió sujetándome la barbilla delicadamente con la mano que tenía libre mientras con la otra me acariciaba el clítoris dibujando pequeños círculos. Me miraba fijamente, atenta al más leve gesto de mi cara, pero lejos de sentirme intimidada, me dio confianza para expresar mi placer libremente. Cerré los ojos cuando la ascensión del placer estaba a punto de culminar en el orgasmo, pero ese fue el momento escogido por Nahara para parar e incorporarme sujetándome por los hombros para que quedase sentada frente a ella que estaba de rodillas.

―Vamos a intentar algo―me dijo.

Se sentó y colocó una de mis piernas sobre una de las suyas y se adelantó para juntar nuestros sexos. Apoyándose sobre las manos movió las caderas de tal forma que la fricción entre nuestros clítoris era total. Acompasé mis propios movimientos a los suyos mientras jadeábamos con la boca entreabierta y no perdíamos detalle de los gestos de la otra. El orgasmo me encontró desprevenida. En un momento estaba disfrutando de una sensación de placer contenido y en el siguiente me catapultaba a lo más alto, gritando sin poder contenerme con la cabeza hacia atrás y el cuerpo tenso. En los últimos coletazos de mi propio placer, pude escuchar a lo lejos a Nahara, jadeando en mitad de su propia espiral de sensaciones, para tumbarnos exhaustas sobre nuestras espaldas unos segundos después. Nuestras piernas continuaban entrelazadas, y cuando recuperé la movilidad comencé a acariciar su brazo con los dedos de mis pies.

―¿Te has dormido? ―pregunté, temerosa de pronto.

Ella se incorporó para tumbarse sobre mí de nuevo y besarme la punta de la nariz.

―Que va, ahora no podría dormir, aunque quisiera―contestó.

―Por lo menos nosotras no vamos a quedarnos embarazadas―dije riéndome, haciendo referencia a la historia de su madre.

Ella también se rio, pero arrugó el ceño.

―Dios, no había pensado que he echado un polvo en el mismo lugar en el que lo echaron mis padres.

No pude evitar reírme a carcajadas. Nos tumbamos juntas, acariciando los centímetros de piel de la otra que quedaban a nuestro alcance. No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero cuando me quise dar cuenta, un brillo anaranjado se colaba por la entrada de la cueva, señal inequívoca de que estaba amaneciendo.

―Debo irme―dijo―. Y tú también deberías subir. Como se despierten tus padres y nos vean saliendo de aquí, van a flipar.

Me reí en silencio ante esa imagen y comencé a vestirme en silencio.

―Nahara―la llamé―. Tú y yo, estamos bien, ¿no?

Se volvió hacia mí para mirarme sonriendo.

―¿Por qué no íbamos a estarlo? No sé lo que piensas tú, pero a mí me ha gustado. Tenemos unos cuantos días por delante. Aprovechémoslos.

Asentí, feliz ante la perspectiva de volver a vivir algo parecido a lo que acababa de experimentar. Salimos de la cueva de la mano y nos despedimos en el jardín de la casa con un beso en los labios. No sé cuándo me dormí aquella noche, pero no me importó lo más mínimo dar vueltas en ese colchón inmenso hasta que el agotamiento vino a rendirme cuentas.

Cuando me desperté, mis padres estaban sentados en una mesa en el jardín, leyendo.

―Buenos días―dijo mi padre―. He entrado varias veces a tu cuarto para ver si respirabas. ¿A qué hora llegaste ayer?

―Déjala, Rodrigo. Aquí no hay peligro, no es como en Madrid. ¿Te lo pasaste bien? Esa chica parece simpática, ¿verdad?

Le sonreí mientras me sentaba a la mesa con una taza de café entre las manos.

―Sí, es muy maja. Hoy hemos quedado para ir a la playa y luego a las fiestas, puedo ir, ¿verdad?

―Claro, hija. Disfruta.

Y no sé si era porque yo sabía que tenía un secreto o porque siempre he pensado que las madres tienen un sexto sentido para estas cosas, pero juraría que me miró por encima de su libro extrayendo hasta la última imagen de mi mente. Fuese como fuese, no dijo nada, y volvió a su lectura mientras se llevaba la taza de café a los labios. Esperé desesperando hasta que mis padres decidieron ir a dar un paseo y yo bajé en mi pijama de verano hasta la cueva, la cueva de Nahara y mía. Nuestra habitación propia. Cerré los ojos, y mi cabeza se llenó de imágenes de la pasada noche. Nahara besándome, tensándose ante mis caricias, acariciándonos hasta llegar al orgasmo. Abrí los ojos de golpe ruborizada y excitada de nuevo. Metí mi mano bajo la cinturilla del liviano pantalón de pijama y no me sorprendió notar la humedad empapando mis braguitas. Volví a cerrar los ojos, y mientras con la mano derecha me acariciaba el clítoris despacio, con caricias perezosas, con la izquierda cubrí uno de mis pechos pellizcando el pezón de vez en cuando. El placer volvió a aparecer poco a poco, y jugué conmigo misma a ir acelerando el ritmo de mis caricias para incrementarlo despacio, sin estridencias. Cuando noté que se acercaba el orgasmo, comencé a trazar círculos sobre el clítoris rápidamente hasta que estallé en un pico de placer que me erizó la piel.

Tuve el sentido común de controlar mis gemidos porque apenas hube terminado, escuché a mi madre llamarme peligrosamente cerca.

―Estoy aquí, mamá―. Contesté segura de que no podía hacer nada por ocultarme. Solo esperaba que le pasase desapercibido el rubor de mis mejillas y el sudor que empapaba mi frente.

Entró observando el estrecho espacio y se sentó a mi lado, sobre la toalla.

―El amigo de tu padre nos habló de este lugar―dijo―. La gente del pueblo considera que les pertenece a todos y no están de acuerdo con que sólo se pueda acceder a través de su jardín. Está pensando abrir el camino para que cualquiera pueda entrar, porque le consta que ya lo hacen cuando él no está aquí.

―¿Sí? ―pregunté, haciéndome la tonta.

―Es un sitio muy bonito, parece que las olas rompen justo sobre nuestras cabezas. ¿Te gusta este lugar, Eva?

No sabía si se refería al pueblo en general o a la cueva en particular, pero asentí y ella sonrió.

―Mamá, ¿cómo sabías que estaba aquí? ―pregunté al fin.

Ella me miró con una sonrisa y palmeó mi pierna.

―Hay cosas que una madre, simplemente sabe, Eva.

La miré de hito en hito. Si me equivocaba podía descubrirme yo sola, pero era tan tentador…

―¿Y qué es lo que sabes? ―pregunté tímida.

―¡Muchas cosas porque tengo el sueño muy ligero y me levanto temprano! ―se carcajeó―. Venga anda, dúchate y vamos a comer, que hueles a choto. Y además, te están esperando.

Y levantándose, me guiñó un ojo y desapareció por la entrada de la cueva.

Cuando salí al jardín, mi madre estaba mirando al mar y me temí lo peor. La charla que no me había dado abajo me la iba a dar entonces, pero me sorprendió una vez más y sin apartar la vista del horizonte, me dijo:

―No quiero meterme demasiado y que acabes sintiéndote incómoda y mandándome a la mierda, como nos pasa siempre últimamente. Sinceramente, estoy harta de ser siempre tu enemiga, Eva. Te quiero, y quiero que seas feliz, pero si te sientes confusa y necesitas hablar, o simplemente quieres compartir algo bonito con tu madre, aquí estoy, ¿vale?

La miré sorprendida y agradecida de pronto y sin pensarlo demasiado, rodeé su cuello con mis brazos. Ella me abrazó suspirando y, cuando nos separamos, sólo besó mi mejilla y se alejó sin decir nada más.

Cuando llegué a la playa, aquella tarde, busqué al grupo con la mirada. Les descubrí tumbados sobre sus toallas, mucho menos bulliciosos que el día anterior.

―¿Resaca? ―pregunté cuando me acerqué a ellos.

Uno de los chicos levantó la cabeza y con un sólo ojo abierto me contestó.

―Horrible, pero eso se pasa con otra cerveza. Lo malo que aquí no podemos beberla―dijo―. Desaparecisteis muy pronto, ¿no?

―Sí, estaba cansada―mentí―. Acababa de llegar por la mañana y entre el viaje y demás… Nahara se ofreció a acompañarme porque no estaba muy segura de saber llegar y a ella le dio pereza volver a la fiesta y también se fue a casa.

―Pues nos lo pasamos muy bien―dijo otra de las chicas, que tenía un chupetón redondo y morado en uno de los laterales del cuello.

―Ya veo, ya―le dije riéndome.

Ella se apartó la melena hacia un lado para que se le viese más el chupetón y se carcajeó.

Me tumbé boca arriba en la toalla para que los rayos del sol me caldeasen la piel. Yo no tenía resaca, pero los nervios por volver a ver a Nahara me provocaban náuseas. Me quedé adormilada, pero desperté de repente cuando una mano cálida se posó en mi vientre.

―Despierta, dormilona―me susurró Nahara en el oído.

Entreabrí los ojos todo lo que me lo permitía el sol y la miré. No parecía avergonzada, ni nerviosa. Con mi capacidad de ponerme siempre en lo peor, había imaginado que no se atrevería a mirarme a la cara, que haría como si no hubiese pasado nada la noche anterior o que me ignoraría, pero mis miedos eran infundados, afortunadamente. Quería demostrarle que todo estaba bien entre nosotras, que deseaba besarla, devorarla entera como la noche anterior, pero no sabía cómo comportarme delante de los demás, así que me incorporé y me las ingenié para acariciar disimuladamente su mano con el meñique.

―¿No quieres que nos vean? ―preguntó en voz baja.

―No lo sé. ¿Tú sí?

―Nunca les he contado nada, pero tampoco me he escondido. Si se enteran, no me importa, pero si tú no estás preparada, seremos amantes bandidas. También tiene su morbo―se rio.

―Creo que mi madre nos vio. Bueno, creo no, estoy segura, nos vio, pero no sólo no le importa, sino que me ha dicho que hable con ella si lo necesito. Últimamente siempre estábamos discutiendo, pero me ha sorprendido―le conté.

―Mis padres también lo saben. Mi madre reaccionó igual que la tuya, pero mi padre todavía no ha sido capaz de hablar conmigo del tema. Siempre que intuye que ha pasado algo, sale de la habitación sin decir nada.

―Ayer, cuando estuve en tu casa, tu padre desapareció del salón, ¿crees que se imaginaría algo?

―Seguro, pero no es que sea clarividente, es que ahora piensa que me lío con todas las chicas con las que me ve―se rio―. Nunca me ha dicho nada malo, pero le cuesta aceptarlo. Al principio me enfadaba, pero hablé con mi madre y me pidió que tuviera paciencia.

―¿Eso te hace sentir bien? ―le pregunté, preocupada.

―No―dijo con un brillo de tristeza en la mirada.

―¿Qué habláis vosotras dos tan juntitas? ―preguntó uno de los chicos antes de beber agua de una botella que tenía en la mochila―. ¿Nos ocultáis algo?

―Si tú supieras―dijo Nahara recuperando la sonrisa y posando su mano sobre la mía sin ambages.

Al principio me sentí un poco cohibida y me tensé sin poder evitarlo, pero el calor que emanaba su mano sobre la mía me fue relajando hasta que comencé a pensar que daba igual. Si esa chica lucía orgullosa un chupetón en el cuello que le había hecho alguno de los chicos del grupo, yo no tenía por qué avergonzarme de estar con Nahara. Era mi verano y quería disfrutarlo.

Y vaya si lo disfruté. Lo disfruté en el mar, donde Nahara y yo nos besábamos tras las rocas para que a nuestros respectivos padres nos les diera una apoplejía. Lo disfruté en la plaza, donde bailábamos hasta caer exhaustas. Pero sobre todo, lo disfrutamos en nuestra cueva, donde cada noche descubríamos los contornos de nuestros cuerpos.

La última noche que pasamos juntas en Mutriku fue bonita, pero tuvo un sabor agridulce. Preparamos un picnic, y nos fuimos a cenar a nuestro rincón favorito del mundo. Nos sentamos en la puerta y extendimos un mantel que Nahara había cogido de su casa.

―No es una cena muy sofisticada―dije colocando sobre el mantel un plato con una tortilla de patata recién hecha.

―El toque de glamour lo pongo yo―contestó.

Sacó de su mochila una botella de vino blanco y un tupper con un coulant de chocolate con algunas frambuesas.

―¿De dónde lo has sacado? ―pregunté.

―De la nevera de mi casa. Puede que mañana tenga que dar algunsa explicaciones―dijo riéndose.

Conecté un altavoz a mi teléfono y empezó a sonar bajito Best of you, de Foo Fighters. Me acerqué a ella y la besé.

―¿Te acordarás de mí cuando me haya ido? ―le pregunté.

―Te vas a Madrid. Yo también vivo ahí, ¿recuerdas?

Volví a besarla y empezamos a cenar con la música y el sonido del mar de fondo.

―¿Nos tomamos el postre dentro?―preguntó―. Fuera empieza a hacer frío.

Dentro de la cueva todavía se mantenía el calor del día. Nahara se quitó la camiseta, dejando a la vista un sujetador blanco de algodón triangular que contrastaba con su piel morena. Yo hice lo mismo, quedándome con mi sujetador granate. Me acercó el coulant a la boca y con el primer mordisco, el chocolate líquido se derramó por mi barbilla y mi escote. Nahara se metió una frambuesa en la boca y me besó, mezclando ambos sabores con nuestras lenguas. Lamió el chocolate de mi barbilla y recogió con el dedo las gotas que habían caído en mi pecho para chupárselo después. Mientras se volvía para dejar el postre en el plato, me abalancé sobre ella. Besé su hombro, su cuello, mordí su barbilla y llegué hasta sus labios, que me recibieron entreabiertos. Le quité el sujetador y lo lancé a la otra punta de la cueva entre risas. Ella se incorporó levemente para deshacerse de mi camiseta y mi ropa interior, así nos quedamos ambas desnudas de cintura para arriba. Juntamos nuestros pechos y los miramos. Mis tetas, más voluminosas que las suyas, contrastaban en color y tamaño con las suyas. Tracé círculos con mis pezones y los suyos hasta que se irguieron y el mínimo roce nos provocaba un cosquilleo que se extendía por todo el cuerpo. Me puse de pie y ella hizo lo mismo, para terminar de quitarnos toda la ropa y quedarnos desnudas, frente a frente. Ella era alta y espigada y mi cuerpo tenía más redondeces, más rotundidad, pero ambos encajaron a la perfección cuando nos abrazamos juntando nuestros sexos. Hundí las manos en su espesa melena para acercar su cara a la mía y volver a saborear sus labios, que todavía conservaban un leve gusto a chocolate.

―¿Quieres vino?―le pregunté sin separar mi boca de la suya.

Sin esperar contestación, me agaché para coger mi vaso y llenarme la boca con el líquido, que ya estaba tibio. Me acerqué a ella y uní nuestros labios parar pasarle el contenido, que ella saboreó y tragó.

―Tiene un cierto gusto a roble―dijo poniendo cara de interesante.

Me reí.

―El vino blanco no sabe a roble, tonta―le contesté.

―¿Frutos rojos?

―Tampoco.

―Bueno, pues sabe a ti, que es suficiente.

―Eso me gusta más―dije volviendo a besarla.

Nahara acarició mi cuerpo con el dedo índice y después, ayudándose con el pulgar, pellizcó uno de mis pezones haciéndome sentir un dolor placentero. Siguió bajando hasta llegar al vértice entre mis piernas, donde jugueteó con mi vello púbico antes de adentrarse entre mis pliegues buscando mi clítoris. Cuando lo encontró, presionó levemente para soltar a continuación y repetir la operación dos, tres y hasta cuatro veces. Me mordí el labio y unas carcajadas se escaparon de mi garganta cuando noté un escalofrío recorriéndome la espalda.

―¡Ay, Nahara!―me lancé sobre su boca y la invadí con la mía, la mordí, la lamí y la besé con desespero. Quería sentir y mostrar tantas cosas y tenía tan poco tiempo para hacerlo que me sentía frustrada.

Nahara cogió mi cara entre sus manos y me separó unos centímetros sonriendo.

―Tranquila―me dijo.

Y tirando de mi mano, nos tumbamos juntas, mirándonos. Acerqué mi mano para acariciar su mejilla, su hombro, su costado y bajar a su vientre para volver a subir hasta sus pechos, que amasé mientras me mordía el labio inferior. Con una sonrisa pícara, metió su mano entre mis piernas y yo hice lo mismo con la mía. Y así, mirándonos a los ojos, comenzamos a masturbarnos mutuamente. Jadeábamos en la boca de la otra mientras trazábamos círculos alrededos de nuestros clítoris despacio, creando una corriente de placer entre las dos. A la vez, como si lo tuviésemos ensayado, colamos dos dedos en el interior de la otra con facilidad, ayudadas por la humedad de nuestros sexos y nos penetramos mientras con la palma de la mano presionábamos el punto que más placer nos daba. La respiración acelerada de Nahara, preámbulo del orgasmo, dio el pistoletazo de salida al mío, y nos corrimos entre gemidos, intentando no cerrar los ojos, para no perdernos el placer de la otra.

Las siguientes horas fueron confusas. La madrugada nos descubrió hablando entre susurros, haciendo planes y promesas, acariciándonos y besándonos para tener algo a lo que aferrarnos en los días siguientes. También dormimos, primero ella sobre mi pecho, mientras yo acariciaba su intrincada melena, y luego yo sobre su vientre. Todavía no había amanecido cuando decidimos que había llegado el momento de separarnos. Yo partía para Madrid por la mañana temprano y decidimos despedirnos ahí, para no alargar el momento. El abrazo que nos dimos en el jardín de la casa, ocultas por la oscuridad de la noche, tuvo un sabor amargo, pero calentó mi pecho. No me moví del jardín hasta que la perdí de vista mientras se alejaba por el sendero dándose la vuelta de vez en cuando para despedirse con la mano.

Al día siguiente no hablé mucho mientras ayudaba a mis padres a cargar el coche. Apenas había dormido un par de horas, pero no era el sueño lo que me mantenía muda. Mi padre me miraba preocupado, pero vi cómo mi madre le cogía del brazo y negaba con la cabeza un par de veces, probablemente porque vio sus intenciones de preguntarme qué me pasaba. Cuando el coche arrancó y fuimos dejando atrás las calles de Mutriku, apoyé la cabeza en la ventanilla y dejé que una lágrima me recorriera la mejilla. De repente, algo llamó mi atención. Alguien había pintado con spray el cartel con el nombre del pueblo, y podía leerse: «Nuestro Mutriku. Nuestra cueva». Una melena castaña y rizada desaparecía entre los árboles del bosque que flanqueaba la carretera, y yo sonreí. Nuestro Mutriku. Nuestra cueva.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s