¡Justicia para ‘El Ministerio del Tiempo’!

A veces, cuando una serie consigue impactarte de una manera u otra, el final te deja una sensación de orfandad difícil de superar si no es con tiempo. Eso es lo que siento ahora mismo tras terminar el que, según parece, es el final de los finales de ‘El Ministerio del Tiempo’.

Con esta última temporada he tenido una sensación agridulce desde el primer episodio. La camaradería entre los miembros de la patrulla; los equívocos que surgen al juntar a personas de diferentes siglos; los comentarios ácidos, corrosivos incluso, hacia la problemática actual… todo eso se ha visto poco. El personaje de Pacino ha sido el único que ha dado caña en momentos determinados, pero no tanto como en otras temporadas. Personaje que, por cierto, ha llevado sobre sus espaldas casi todo el peso de la temporada. Pero vayamos por partes.

Ya la cosa pinta fea cuando vemos que el Ministerio ya no está ubicado en pleno centro de Madrid, en el Palacio de la Duquesa de Sueca, y la entrada a las puertas del tiempo ya no es un pozo en mitad de un claustro del siglo XVIII. El nuevo Ministerio está en el edificio de RNE, en Arganda del Rey. Eso, quieras que no, le resta encanto.

¿Y por qué hablo de una falta de camaradería entre los miembros de la patrulla? Porque no ha habido patrulla como tal. Alonso iba y venía; Pacino se tira unos días de baja en la mitad de la temporada, supongo que por otros compromisos profesionales de Hugo Silva; Julián aparece de la nada al principio y tan pronto es el de siempre, como le dan sirocos y desaparece; llega una Carolina (interpretada impecablemente por Manuela Vellés) que no sabe ni por dónde le da el aire, pero que aún así, el poco tiempo que tiene de pantalla, pone el toque de humor que parecía perdido; Amelia ni está ni se la espera (que ya hablaremos de este temita más adelante…) y Lola… ay Lola. El personaje de la Lola Mendieta joven nunca me ha terminado de encajar del todo y eso que Macarena García es fantástica. Será porque lo usaron como un sustituto de Amelia y ella era insustituible. Había capítulos en los que no había nadie de la patrulla original y Ernesto, Irene e incluso Velázquez se tienen que remangar y entrar en faena. ¡Si hasta Salvador se va de misión! Se sigue viendo complicidad entre ellos, pero falta ese sentimiento de cohesión que llevamos viendo desde la primera temporada. Imagino que los actores tenían otros compromisos y fue complicado crear un guión que tuviera en cuenta todas esas vicisitudes. Pero claro, al final, se nota.

La progresión de los personajes también ha sido un poco precipitada y a veces, daba la sensación de que iban sin rumbo. Por un lado, Julián, que pasa de no acordarse de nada a recordarlo todo, hasta que estaba enamorado de Amelia (ay, ese ÚNICO capítulo en el que podemos disfrutar de Aura Garrido). Pero luego se le olvida ese amor tan oportuno y vuelve a obsesionarse con Maite hasta el punto de lograr salvarla in extremis en el penúltimo episodio. Pacino, el macarra, el descarado con un fuerte sentido de la amistad y el compañerismo, pasa a ser un loco enamorado que es capaz de pasar por encima de sus propios compañeros por salvar al amor de su vida. El Alonso machista del siglo XVI se convierte por arte de magia al comienzo de esta temporada en un dedicado padre de familia que deja de trabajar por cuidar a su hija y que lo abandona todo para que sea su mujer quien se desarrolle como profesional. De Lola nunca acabamos de fiarnos del todo, ni siquiera en su relación con Pacino, pero al final es una heroína que salva al mundo a costa de su propia existencia. Queda en el olvido esa versión de la Lola Mendieta que traficaba con arte a través del tiempo. Y señores, ¿qué pasa con Amelia? ¿Cómo un personaje tan central en el desarrollo de toda una serie no tiene la despedida que se merece? Aparece para hacer recordar a Julián quién es, se despierta en ambos un sentimiento que parecía dormido para después… desaparecer. Entendemos que al final, esa foto en la que aparecían ellos dos casados y hasta con descendencia desaparecerá puesto que, con Maite viva, el romance Julián-Amelia queda descartado. O no, vete tú a saber, por aquello de los universos paralelos y tal.

Por otro lado, la trama de esta temporada también se ha ido alejando progresivamente de lo que nos venía ofreciendo ‘El Ministerio del tiempo’ en sus otras temporadas. Sí, ha habido viajes al pasado, por supuesto, pero con la introducción del Anacronópete se abre la posibilidad de viajar al futuro, algo con lo que ya tontearon en la temporada 3. En el último capítulo, nos encontramos con que nuestro presente es el pasado y el nuevo presente es una suerte de futuro apocalíptico en el que la sanidad y la educación pública brillan por su ausencia (pues a lo mejor un poco de crítica social sí que ha habido), agonizamos en un mundo contaminado y sólo los ricos pueden acceder a comida e incluso hijos de calidad, importados directamente desde el pasado. Y mira que yo soy fan de los ‘happy end’, pero hubiera suprimido esos últimos minutos en los que se narra apresuradamente la vida de los miembros de la patrulla (no de todos, que a Amelia ni se la menciona). Supongo que me sobra porque eso supone decirles adiós y no hasta luego, como pensaba cuando comencé a ver el capítulo.

Puede que esta última temporada haya perdido la esencia de los comienzos, pero, a pesar de lo que haya dicho antes, no todo ha estado mal. Me quito el sombrero ante esos guionistas que han conseguido cerrar sin cabos sueltos una trama que se complicaba por capítulos. Puede gustarte el final o no, pero han conseguido salir de todos los jardínes en los que se habían metido sin hacerse un ‘Perdidos’ (admito réplicas si alguien no está de acuerdo). Y esos actores que han defendido sus papeles hasta el final se han hecho un hueco por derecho propio en la historia televisiva de este país. Porque otra cosa no, pero esta serie, original ha sido. Tanto que quisieron plagiarla, como no. Intuyo que, de no haber pasado tanto tiempo entre la temporada tercera y la cuarta, las complicaciones de rodaje no hubiesen sido tantas y no tendría crítica alguna. Bueno sí, que se termine. Una serie así debería ser eterna.

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